5 obras de Gaudí en Barcelona para entender al genio del modernismo

Hablar de Antoni Gaudí es hablar de Barcelona. El arquitecto modernista no solo cambió la imagen de la ciudad, sino que también se convirtió en un símbolo universal de la creatividad y la innovación en la arquitectura. Sin embargo, cuando pensamos en él solemos imaginar las mismas obras: la Casa Batlló, la Casa Milà o, por supuesto, la Sagrada Familia. Pero, ¿y si te digo que para entender a Gaudí en profundidad, hay que mirar también otras construcciones menos conocidas? 

En este artículo haremos un recorrido por cinco obras de Gaudí en Barcelona que nos permiten seguir los pasos de su vida y comprender la evolución de su estilo. Desde sus primeros encargos municipales hasta la culminación de su obra maestra, estas construcciones forman un relato biográfico en piedra, hierro y cerámica.

De Reus a Barcelona: un arquitecto forjado en la naturaleza y el oficio

Antoni Gaudí nació en 1852 en Reus, aunque siempre insistió en que era originario de Riudoms, un pequeño pueblo cercano donde pasaba largas temporadas. La polémica sobre su lugar de nacimiento tiene que ver con un desencuentro personal: tras un rechazo municipal en Reus, Gaudí prefirió negar sus raíces allí. Lo cierto es que su infancia transcurrió entre ambos lugares, y lo importante de esa etapa es el entorno en el que se crió: un mundo rural lleno de estímulos naturales. 

Su salud era frágil y pasaba mucho tiempo en casa, observando la naturaleza con paciencia. Las espirales de los caracoles, las geometrías de las colmenas o la forma en que crecen los árboles despertaron en él una sensibilidad única. Más tarde diría que la naturaleza era “un gran libro, siempre abierto”. 

A esa influencia natural se sumó otra fundamental: la tradición familiar. Durante cinco generaciones, los Gaudí habían sido caldereros, maestros en el trabajo del cobre. De su padre heredó la destreza manual, la capacidad de imaginar volúmenes en el espacio y una visión tridimensional que marcaría toda su carrera. 

En 1868 se trasladó a Barcelona, una ciudad en plena transformación por la Revolución Industrial. Allí estudió arquitectura, aunque fue un alumno peculiar: asistía poco a clase, prefería leer, viajar y experimentar. Combinaba estudios con trabajos de delineante para arquitectos consolidados y, a los 26 años, se graduó. El director de la Escuela de Arquitectura pronunció entonces una frase célebre: “No sé si entrego el título a un genio o a un loco. El tiempo lo dirá”.

1. Las farolas de la Plaza Real: el primer encargo

La primera obra oficial de Gaudí llegó en 1879: las farolas de la Plaza Real, en pleno Barrio Gótico. A simple vista parecen un encargo menor, pero son mucho más que un conjunto de lámparas de hierro forjado. 

En una época en la que el mobiliario urbano solía ser funcional y poco decorado, Gaudí introdujo color, símbolos y detalles. En lo alto de las farolas aparecen los cascos alados de Mercurio, dios romano del comercio, en clara alusión a la vocación mercantil de Barcelona. 

Este primer encargo municipal mostró ya el carácter atrevido de Gaudí: un joven arquitecto capaz de transformar incluso un objeto cotidiano en una obra cargada de simbolismo.

Plaza Reial (Barcelona). Fotografía de Itto Ogami (CC BY 3.0), vía Wikimedia Commons.

2. La Casa Vicens: el inicio de la etapa orientalista

Ese mismo año, 1879, Gaudí recibió su primer gran encargo privado: la Casa Vicens, en el barrio de Gràcia. Considerada el inicio de su carrera, pertenece a su etapa orientalista, un periodo en el que el arquitecto experimentó con influencias exóticas como la arquitectura india, persa o japonesa, además del redescubrimiento del arte islámico en España. 

El resultado fue una casa llena de contrastes: azulejos de vivos colores, arcos de inspiración árabe y detalles decorativos inspirados en la naturaleza. Según se cuenta, cuando Gaudí visitó el solar estaba lleno de flores amarillas y una gran palmera. Ambos elementos pasaron directamente a la obra: las flores en la cerámica y la palmera convertida en hierro forjado para la verja. 

La Casa Vicens es un buen ejemplo del método de Gaudí: absorber el entorno y transformarlo en arquitectura. Aunque hoy nos resulta familiar, en su época debió parecer una excentricidad sorprendente en una villa de Gràcia.

Casa Vicens, de Antoni Gaudí. Fotografía de Canaan (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

3. El Palau Güell: el encuentro con un mecenas

El destino de Gaudí cambió gracias a una casualidad. En 1878 diseñó unas vitrinas para una exposición en París. El industrial Eusebi Güell quedó fascinado con su trabajo y decidió convertirse en su mecenas. La relación entre ambos fue tan estrecha que marcó toda la trayectoria del arquitecto. 

Entre las muchas obras que Gaudí hizo para él destaca el Palau Güell, en la calle Nou de la Rambla. Desde fuera, la fachada parece sobria, incluso austera, pero el interior es un despliegue de lujo y creatividad. El gran salón central, cubierto por una cúpula parabólica perforada que deja pasar la luz como si fuera un planetario, es uno de los espacios más espectaculares de su obra temprana. 

El Palau Güell es también testimonio de la vida social de Gaudí en esta etapa. Vestía con elegancia, asistía al teatro y disfrutaba de la compañía de la burguesía barcelonesa. Una imagen muy distinta a la de su vejez, marcada por la austeridad y la religiosidad.

Palacio Güell (Barcelona). Fotografía de Canaan (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

4. El Colegio de las Teresianas: austeridad y espiritualidad

A finales del siglo XIX, Gaudí se adentró en su etapa neogótica, reinterpretando la arquitectura medieval. Uno de los ejemplos más claros es el Colegio de las Teresianas, en Sarrià-Sant Gervasi. 

Se trataba de un encargo peculiar: la orden de las Teresianas tenía voto de pobreza, lo que obligaba a Gaudí a diseñar un edificio austero y sin lujos. El arquitecto lo resolvió con ladrillo visto, líneas sobrias y el uso de arcos catenarios para conseguir ligereza estructural sin recurrir a contrafuertes. 

Aunque no es visitable porque sigue funcionando como colegio, el edificio refleja un cambio vital en Gaudí: de los placeres burgueses pasó a un entorno cada vez más religioso, que terminaría marcando sus últimos años de vida.

Col·legi Teresià (Barcelona). Fotografía de Enfo (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

5. La Sagrada Familia: la culminación de una vida

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Aunque prometí hablar de obras menos conocidas, no se puede cerrar este recorrido sin mencionar la Sagrada Familia, el proyecto que acompañó a Gaudí durante más de 40 años. 

El encargo le llegó en 1883, con apenas 31 años, y desde entonces lo convirtió en el centro de su existencia. La Fachada del Nacimiento, la única que diseñó personalmente, resume toda su evolución: inspiración natural, simbolismo religioso y un lenguaje arquitectónico propio, difícil de clasificar. 

En sus últimos años, Gaudí vivía prácticamente en el templo. Había dejado atrás la vida cómoda y se había entregado por completo al proyecto. Murió en 1926 tras ser atropellado por un tranvía, sin ver finalizada su obra maestra, que todavía sigue en construcción.

Cada una de estas construcciones nos habla de una etapa vital distinta, y juntas nos permiten entender mejor por qué Antoni Gaudí no es solo un arquitecto, sino una figura universal cuya obra trasciende Barcelona y se ha convertido en patrimonio de la humanidad.

Torres de la Sagrada Família (Barcelona), 2024. Fotografía de Kallerna (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

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