Barcelona Ciudad Condal: de frontera carolingia a capital de la Corona de Aragón (3/3)
Hablar de la historia de Barcelona es recorrer una sucesión de etapas en las que la ciudad se transforma constantemente. Ya hemos visto su pasado romano, visigodo y musulmán; ahora toca detenernos en uno de los periodos más decisivos: la Barcelona Ciudad Condal. Entre los siglos IX y XIV, la ciudad pasó de ser una plaza fortificada en la frontera entre el islam y la cristiandad, a convertirse en un motor comercial del Mediterráneo.
En este viaje histórico conoceremos cómo surgió el condado de Barcelona bajo la órbita del Imperio Carolingio, cómo se independizó tras los ataques musulmanes y, finalmente, cómo su unión con Aragón dio origen a la poderosa Corona de Aragón. Un recorrido de cinco siglos que explica gran parte de la Barcelona medieval que aún hoy podemos ver en el Barrio Gótico y la Ribera.
Los orígenes: la Marca Hispánica y el nacimiento del condado
A finales del siglo VIII, mientras la península ibérica estaba dominada en su mayoría por Al-Ándalus, al norte, más allá de los Pirineos, se consolidaba el poder de un personaje clave: Carlomagno (742–814). Su objetivo era crear un imperio cristiano que recordase al antiguo Imperio Romano, y para ello debía frenar el avance musulmán que amenazaba sus fronteras.
Fue así como surgió la Marca Hispánica, una franja de territorios al sur de los Pirineos que funcionaba como colchón defensivo entre los reinos cristianos del norte y el califato de Córdoba. En esta franja se organizaron condados: pequeños territorios gobernados por condes que, al principio, eran vasallos de los monarcas francos.
Entre ellos estaban los condados de Urgell, Pallars, Besalú, Girona y, por supuesto, el condado de Barcelona. La ciudad fue conquistada en el año 801 por Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, tras un largo asedio. Desde entonces, quedó integrada en el sistema carolingio, aunque siempre bajo la amenaza de ataques musulmanes.
Una ciudad bajo asedio: la razia de Almanzor
Durante los siglos IX y X, Barcelona fue escenario de continuos enfrentamientos. Aunque los musulmanes no volvieron a conquistar la ciudad de forma permanente, sí realizaron ataques que marcaron a sus habitantes.
El más devastador ocurrió en el año 985, cuando el caudillo andalusí Almanzor (938–1002) lideró una expedición militar contra la ciudad. Barcelona fue saqueada, incendiada y arrasada hasta el punto de que muchos cronistas hablaron de la “muerte” de la ciudad. Este ataque, además de dejar miles de víctimas y prisioneros, tuvo una consecuencia política crucial: los condes de Barcelona rompieron definitivamente su dependencia de los monarcas francos.
A partir de entonces, el condado inició un camino hacia la independencia política, que le permitió ganar autonomía y reforzar sus defensas. Se construyeron fortalezas como el Castell Nou, el Castell de Regomir y otras estructuras que hoy apenas sobreviven en rincones del Barrio Gótico y el Call.
El ascenso de los condes de Barcelona
Con el paso de los siglos, los condes de la Casa de Barcelona fueron extendiendo su influencia. El primero en marcar la diferencia fue Ramón Berenguer I (1023–1076), que logró unir los condados de Girona y Osona bajo su dominio, consolidando a Barcelona como el territorio hegemónico de la región.
Su descendencia continuó con esta política de expansión:
- Ramón Berenguer III (1082–1131) incorporó Mallorca, Besalú y la Cerdaña.
- Pero el punto culminante llegó con su hijo, Ramón Berenguer IV (1113–1162).
Este último protagonizó un matrimonio decisivo para la historia: en 1150 se casó con la reina Petronila I de Aragón, heredera del trono aragonés. De esta unión dinástica nació la Corona de Aragón, aunque en la práctica ambos territorios mantuvieron sus leyes e instituciones propias. El hijo de ambos, Alfonso II, heredó en 1164 tanto el condado de Barcelona como el reino de Aragón, convirtiéndose en el primer monarca de esta nueva entidad política.
La expansión mediterránea de la Corona de Aragón
A partir del siglo XIII, los reyes de la Corona de Aragón iniciaron una política expansiva que convirtió al territorio en una potencia marítima. Monarcas como Jaume I el Conquistador o Pere III el Ceremonioso extendieron el dominio de la Corona sobre Valencia, Baleares, Sicilia, Córcega, Nápoles e incluso los ducados de Atenas y Neopatria.
Barcelona, como capital comercial y marítima, se benefició enormemente de esta expansión. La ciudad se convirtió en un centro neurálgico del comercio mediterráneo gracias a instituciones como:
- El Consulado del Mar, que regulaba las leyes marítimas y comerciales.
- El Consejo de Ciento, órgano de gobierno municipal que daba voz a la élite ciudadana.
- El auge de los mercaderes y gremios, que convirtieron a Barcelona en un motor económico.
Este apogeo económico se reflejó también en el urbanismo y la arquitectura de la ciudad.
El esplendor gótico en Barcelona
Si algo caracteriza a la Barcelona condal es el legado arquitectónico de estilo gótico, que transformó el paisaje urbano entre los siglos XIII y XIV. Mientras en otras épocas apenas nos quedan restos arqueológicos, de este periodo aún podemos disfrutar de numerosos edificios y monumentos.
Algunos ejemplos destacados son:
- La Catedral de Barcelona, cuya construcción se inició en el siglo XIII.
- El Palau Reial Major, residencia de los condes y reyes, con espacios como el Salón del Tinell y la Capilla de Santa Ágata.
- Las Atarazanas Reales, símbolo del poder naval barcelonés.
- Iglesias como Santa María del Mar, Santa María del Pi, Sant Just i Pastor o Sant Pere de les Puel·les, que dieron origen a barrios enteros.
Con el crecimiento urbano llegó también la necesidad de nuevas murallas. Bajo el reinado de Jaume I, se levantaron las murallas medievales que englobaron barrios como la Ribera y Sant Pere. En el siglo XIV, las obras continuaron y el recinto se amplió para incluir el Raval, alcanzando los límites del actual Paral·lel.
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