
La historia de Barcelona no comienza con Gaudí, ni con la Edad Media. Para conocer el verdadero origen de la ciudad, hay que retroceder más de dos mil años, hasta la época en que Roma se expandía por el Mediterráneo.
Fue entonces cuando nació Barcino, una colonia romana que, aunque modesta en comparación con otras ciudades de Hispania, acabaría dejando la huella sobre la que se construiría parte de la Barcelona posterior.
En esta entrada vamos a descubrir cómo y por qué se fundó Barcino, qué papel tuvo dentro del mundo romano y cuáles son los principales vestigios de aquella ciudad que todavía podemos visitar hoy.

Para entender la fundación de Barcino, primero hay que situarse en el contexto más amplio de la expansión romana. Roma no siempre fue un imperio: durante siglos fue una ciudad-Estado que pasó de la monarquía a la República y, finalmente, al Imperio.
Fue durante la República cuando Roma comenzó a convertirse en una gran potencia mediterránea. En ese proceso tuvo que enfrentarse a Cartago, su principal rival en el Mediterráneo occidental, en las llamadas Guerras Púnicas.
La Segunda Guerra Púnica llevó el conflicto hasta la Península Ibérica. En el año 218 a. C., los romanos desembarcaron en Emporion para abrir un nuevo frente contra los cartagineses, que tenían importantes intereses y territorios en Hispania.
La derrota de Cartago no significó, sin embargo, que Roma abandonara la península. Los territorios que habían estado bajo dominio cartaginés pasaron a quedar bajo control romano y comenzó un largo proceso de conquista que se prolongaría durante casi dos siglos.
Roma tuvo que enfrentarse a distintos pueblos y resistencias, al mismo tiempo que iba incorporando nuevos territorios a sus dominios. La conquista no fue, por tanto, un proceso rápido ni uniforme.
Cuando Augusto llegó al poder, Roma ya llevaba generaciones asentada en Hispania. Tras el final de las guerras cántabras, entre los años 29 y 19 a. C., prácticamente toda la península quedó bajo control romano. El siguiente paso fue reorganizar ese territorio y consolidar su administración.
Es en este contexto donde debemos situar la fundación de Barcino.

La interpretación tradicional y mayoritaria sitúa la fundación de la colonia de Barcino en época de Augusto, probablemente alrededor del año 10 a. C. El propio nombre oficial de la ciudad era Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino.
La fundación formó parte de la reorganización territorial de Hispania impulsada durante el gobierno de Augusto. No fue, por tanto, un acontecimiento aislado: Barcino nació dentro de un momento de reorganización política y administrativa de los territorios que Roma había ido conquistando durante los siglos anteriores.
La nueva colonia se estableció sobre el pequeño promontorio que conocemos como monte Táber, cerca de la costa y en una posición estratégica dentro del territorio.
Y aquí hay algo importante: Roma no llegó a un territorio vacío. La zona de Barcelona ya estaba habitada antes de la fundación de la colonia romana y existían asentamientos indígenas en el área. De hecho, el nombre Barcino suele relacionarse con el topónimo ibérico Barkeno, aunque la relación exacta entre ese asentamiento anterior y la colonia romana sigue siendo una cuestión discutida por la investigación.
Lo que sí sabemos es que la colonia romana fue una fundación nueva, organizada según los modelos urbanos romanos y dotada de un estatus jurídico privilegiado.
Su nombre también nos da pistas sobre su identidad:
Barcino no era la ciudad más importante de la región. Esa posición correspondía a Tarraco, capital de la provincia de Hispania Citerior. Pero la nueva colonia tenía una posición estratégica y quedó integrada en la red de comunicaciones y ciudades romanas que articulaba el territorio.
Su proximidad al mar, las vías de comunicación y su relación con el territorio agrícola que la rodeaba favorecieron su desarrollo durante los siglos siguientes.




Barcino fue construida siguiendo los principios del urbanismo romano. La ciudad se organizaba alrededor de sus principales ejes viarios y de un foro, situado en el centro de la vida política, religiosa y económica.
Dentro de sus murallas había viviendas, edificios públicos, espacios religiosos y establecimientos relacionados con la actividad comercial y artesanal. Como cualquier ciudad romana, Barcino no era únicamente un conjunto de edificios: era también un espacio organizado según las instituciones, las costumbres y las formas de vida del mundo romano.
Uno de los elementos más llamativos que todavía podemos ver son las cuatro columnas del templo de Augusto, en el actual barrio Gótico. Formaban parte del templo situado en el foro y dedicado al culto imperial.
También se conservan importantes restos de las murallas romanas, aunque las que vemos hoy corresponden principalmente a la gran ampliación defensiva realizada en el siglo IV, cuando el Imperio atravesaba una etapa de mayor inestabilidad.
La ciudad estaba además conectada con el resto del territorio mediante una red de vías romanas. Estas comunicaciones permitían el movimiento de personas, mercancías y tropas y contribuían a integrar Barcino dentro de las redes económicas y administrativas del Imperio.

La antigua Barcino desapareció hace siglos, pero muchas de sus huellas siguen integradas en el paisaje urbano de Barcelona. Entre calles medievales, plazas y edificios históricos todavía podemos localizar algunos de los espacios que formaron parte de aquella ciudad romana.
Durante los siglos I y II d. C., Barcino formó parte de un Imperio Romano que alcanzó entonces una enorme extensión y estabilidad. Pero a partir del siglo III el Imperio comenzó a atravesar una etapa de crisis política, económica y militar que también afectó a las ciudades de Hispania.
Barcino reforzó sus defensas y la muralla fue ampliada y monumentalizada. La ciudad continuó existiendo durante los siglos siguientes, pero el mundo romano estaba cambiando.
En el siglo V, el poder imperial en Occidente se debilitó definitivamente. En el año 476 d. C. desapareció el Imperio Romano de Occidente y los territorios de Hispania quedaron bajo el control de distintos pueblos y poderes.
Los visigodos terminarían estableciendo en Hispania un nuevo reino, y Barcino pasó a formar parte de ese nuevo escenario político.
La ciudad romana, por tanto, no desapareció de un día para otro. Cambió de sociedad, de estructuras políticas y de funciones, pero buena parte de su trazado y de sus restos quedaron incorporados a la ciudad que vino después.
Y esa es precisamente una de las cosas más interesantes de Barcelona: la ciudad romana no está enterrada únicamente bajo el suelo. En muchos lugares, todavía forma parte de la ciudad que caminamos hoy.
Si quieres recorrer sus restos y entender cómo aquella pequeña colonia romana terminó convirtiéndose en uno de los estratos sobre los que se construyó la Barcelona actual, puedes hacerlo en nuestro tour por el Barrio Gótico.



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