Hubo un tiempo en que Barcelona tenía su propia «zona prohibida», un distrito lleno de luces de neón, humo de taberna y secretos a voces. En los años 20 y 30, el llamado Barrio Chino de Barcelona se convirtió en el corazón del desenfreno nocturno de la ciudad. No, no había apenas chinos en esas calles. Lo de “barrio chino” era un apodo con aroma a periodismo sensacionalista y exotismo importado. Pero el nombre caló. Y con él, una leyenda.
Hoy caminamos por esas mismas calles —carrer Cid, Nou de la Rambla, Arco del Teatro— sin imaginar lo que fueron. Allí, donde ahora hay comercios, bares o locales cerrados, existió uno de los espacios más singulares de la Barcelona moderna: el cabaret La Criolla. Un lugar donde todo estaba permitido. Donde marineros, aristócratas, prostitutas y poetas bailaban al mismo ritmo. Esta es la historia de aquel mundo perdido.

El “Barrio Chino” no surgió de la nada. Era parte de un barrio mucho más amplio y con siglos de historia: el Raval. Durante la Edad Media y Moderna, fue tierra de conventos, hospitales y casas de asistencia. Allí se instalaron órdenes religiosas que atendían a los más necesitados, fuera de las murallas de la ciudad.
Con la industrialización del siglo XIX, el Raval vivió una transformación radical: fábricas, talleres y viviendas obreras ocuparon el espacio de los conventos. Se convirtió en un barrio denso, ruidoso y trabajador. Un espacio de supervivencia.
Pero al llegar el siglo XX, ese tejido obrero empezó a deshilacharse. Las fábricas se desplazaron a otras zonas de la ciudad y el vacío que dejaron fue ocupado por otra industria: la del ocio. En esa transición surgió el llamado “Barrio Chino”, que no era todo el Raval, sino su parte baja, muy próxima al puerto. Un enclave muy concreto donde proliferaron tabernas, cabarets y prostíbulos. Es decir, el entretenimiento para los visitantes más incautos… y también para los barceloneses que buscaban una noche sin límites.

El nombre “Barrio Chino de Barcelona” tiene una historia curiosa. Aparece por primera vez en los años 20 gracias al periodista y dramaturgo Francisco Madrid, que se infiltró en los bajos fondos del entonces llamado Distrito V para escribir una serie de crónicas que tituló Los bajos fondos de Barcelona.
Madrid comparó esa zona con otros “Chinatowns” del mundo —Nueva York, Buenos Aires, Moscú— y de ahí extrajo el nombre. En esos lugares, el término designaba barrios donde vivía población de origen asiático y donde, según el imaginario colonialista de la época, se concentraban el misterio, el crimen, el opio y el sexo. En Barcelona, el exotismo se usó como metáfora: el barrio no era “chino” por sus habitantes, sino por su carácter transgresor y “peligroso”.
Lo importante es que el término funcionó: era exótico, sensacionalista y atrayente. La prensa, los relatos literarios y la voz popular terminaron por adoptar el nombre, que acabó confundiendo el todo con la parte: lo que era solo una zona baja del Raval, pronto fue asumido como sinónimo de todo el barrio.
De todos los locales del llamado Barrio Chino, La Criolla fue el más famoso. Abrió en 1925 en el número 10 de la calle Cid, en pleno corazón del barrio bajo. Su origen no fue distinto al de otros muchos locales: ocupó una antigua fábrica textil reconvertida en sala de baile y pisos para prostitutas. Pero lo que la hizo diferente fue su audacia.
Con motivo de la Exposición Internacional de 1929, sus dueños reformaron el local y lo convirtieron en un espectáculo en sí mismo: decoración caribeña, música a todo volumen, luces intensas y un letrero de neón rojo que iluminaba la entrada.
En La Criolla todo era posible: homosexualidad, travestismo, prostitución, drogas… Nada era tabú. Su ambiente era tan desinhibido y frenético que muchos lo describieron como una experiencia casi psicodélica. Y eso fue precisamente lo que la convirtió en lugar de culto.
Lo más sorprendente es que en La Criolla se mezclaban todas las clases sociales. Según el periodista Paco Villar, uno de sus mayores estudiosos, allí coincidían delincuentes y aristócratas, intelectuales, anarquistas, burgueses y turistas. Todos atraídos por el magnetismo de lo prohibido.

Como todo mito, La Criolla también tuvo su final. A mediados de los años 30, el local entró en decadencia. Su fórmula dejó de ser novedosa, y el ambiente se volvió cada vez más turbio. El crimen organizado había tomado el control de la zona, y el cabaret terminó salpicado por la violencia. Su encargado, José Márquez Soria, fue asesinado en circunstancias oscuras.
El estallido de la Guerra Civil en 1936 acabó por cerrar el telón. Muchos locales de ocio fueron clausurados por los anarquistas, que consideraban que representaban valores burgueses. Y en 1938, una bomba lanzada por la aviación italiana destruyó parte del edificio de La Criolla. Fue el golpe definitivo.
Después vendría la posguerra y una dictadura profundamente moralista, que se encargó de borrar cualquier rastro del pasado reciente. El mito del Barrio Chino fue silenciado, y la parte baja del Raval entró en una nueva etapa de marginación… pero sin cabarets ni neones.
Hoy, aunque no queda rastro físico de La Criolla ni de la mayoría de aquellos locales, su memoria resiste en libros, crónicas y en las calles de ese Raval bajo que aún guarda algo del espíritu transgresor de otros tiempos.




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