Las Señoritas de Avignon: el escándalo que cambió la historia del arte
En el centro de una sala del MoMA de Nueva York cuelga una pintura que, más de un siglo después de ser creada, sigue causando desconcierto y fascinación a partes iguales. Se titula Las Señoritas de Avignon, y su autor es uno de los hijos adoptivos más ilustres de Barcelona: Pablo Picasso. Esta obra no solo marcó el nacimiento del cubismo, sino que también puso patas arriba las reglas tradicionales del arte occidental.
Pero, ¿quiénes eran realmente estas «señoritas»? ¿Qué tiene que ver esta pintura revolucionaria con una calle del casco antiguo de Barcelona? En esta entrada vamos a descubrir el contexto que dio origen a la obra, el papel de Barcelona en la formación del joven Picasso y cómo una escena cotidiana de burdel se transformó en uno de los pilares del arte moderno.
Los orígenes de un genio
Pablo Picasso nació en Málaga en 1881, en una familia con inclinaciones artísticas. Su padre era profesor de dibujo, y desde pequeño demostró un talento fuera de lo común para el arte. Pero es importante recordar que, a pesar de su imagen de artista vanguardista, Picasso recibió una sólida formación académica.
Esa base técnica, que algunos subestiman, le permitió romper con la tradición desde dentro. Sus primeros dibujos y pinturas muestran un dominio del realismo que muchos artistas no alcanzarían ni en toda una vida. Y sin embargo, Picasso no se conformó con repetir lo aprendido.
En 1895, la familia Picasso se trasladó a Barcelona, ciudad que sería clave en su evolución artística. Con solo 14 años, ingresó en la Escuela de Bellas Artes de la Llotja, y poco después tuvo una breve etapa en Madrid. Pero fue en los museos, observando a Velázquez, Goya y El Greco, donde encontró verdaderos maestros. Aprendió copiando, desarmando y reconstruyendo estilos.
Barcelona: ciudad de aprendizaje y excesos
Barcelona a finales del siglo XIX era una ciudad efervescente, industrial y cultural. Era un hervidero de ideas, debates, y también de excesos. Fue allí donde Picasso comenzó a moverse con soltura por los círculos artísticos e intelectuales. En 1900 realizó su primera exposición individual en Els Quatre Gats, un café convertido en punto de encuentro para artistas modernistas, bohemios y agitadores culturales.
Pero Barcelona también le ofrecía otro tipo de experiencias. El joven Picasso frecuentaba los prostíbulos del Carrer d’Avinyó, en el casco antiguo de la ciudad. No solo iba en busca de placer; iba también en busca de personajes, gestos, atmósferas. La vida nocturna barcelonesa alimentó muchas de sus obsesiones: el erotismo, la marginalidad, la teatralidad de los cuerpos.
Este universo sensual y provocador quedó grabado en su memoria. Años después, ya instalado en París, regresaría a él para crear una de sus obras más audaces.
París y el nacimiento de Las Señoritas de Avignon
En 1904, Picasso se mudó definitivamente a París. Se instaló en el estudio del Bateau-Lavoir, en Montmartre, y comenzó a relacionarse con artistas, poetas y pensadores. Allí inició un periodo de experimentación intensa.
Entre 1906 y 1907 trabajó en una pintura que lo obsesionaba. En ella representó cinco mujeres desnudas, con rostros geométricos y miradas desafiantes. Rompió con la perspectiva, desfiguró los cuerpos, y usó colores irreales. Se inspiró en El Greco, en Cézanne, en las máscaras africanas y en el arte ibérico antiguo. Cada figura fue fruto de un estudio previo, pero el resultado final era una ruptura con todo lo anterior.
Inicialmente, su amigo el poeta Guillaume Apollinaire la llamó El burdel filosófico, pero el título definitivo lo puso André Salmon: Las Señoritas de Avignon. Y aquí viene el detalle curioso: no se refiere a la ciudad francesa de Aviñón, sino al Carrer d’Avinyó de Barcelona. Ese callejón estrecho y oscuro donde Picasso pasó tantas noches fue la inspiración real de la obra.
Un escándalo con nombre propio
Cuando Picasso mostró por primera vez Las Señoritas de Avignon, sus colegas quedaron horrorizados. Incluso amigos cercanos como Braque se mostraron escépticos. Nadie había visto algo igual: las figuras no eran bellas, no seguían proporciones clásicas, y parecían más caricaturas que mujeres.
Pero eso era precisamente lo revolucionario. Picasso no quería representar, sino reinterpretar. Y lo hacía desde la crudeza y la distorsión. Lo que antes eran escenas idealizadas del desnudo femenino, aquí se convertía en una experiencia agresiva, directa y desconcertante.
A pesar del rechazo inicial, la obra empezó a circular en los círculos de vanguardia. Y con el tiempo, se consideró como el punto de partida del cubismo, el movimiento que redefinió la pintura del siglo XX. En 1937 fue adquirida por el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, donde hoy ocupa un lugar central.
¿Quiénes eran las señoritas?
A lo largo de los años, muchos han intentado identificar a las modelos de la pintura. Se cree que están inspiradas en prostitutas del burdel del número 44 del Carrer d’Avinyó, un antiguo palacete del siglo XVII que hoy alberga una fundación. El escritor Josep Palau i Fabre, uno de los mayores expertos en Picasso, fue quien localizó este posible origen.
Pero, más allá de las identidades concretas, lo importante es que estas mujeres no son retratos, sino arquetipos. Representan un momento de ruptura, una forma nueva de ver el cuerpo, el sexo, la pintura misma. Y lo hacen con la fuerza de quien no pide permiso para ocupar el espacio.
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