La bomba del Teatro del Liceu: cuando Barcelona fue la ciudad de las bombas
En plena Rambla de Barcelona, entre turistas, terrazas y estatuas humanas, se alza uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad: el Gran Teatre del Liceu. Hoy es sinónimo de ópera, lujo y cultura. Pero su historia está marcada por incendios, atentados y un aura de tragedia que muchos consideran una maldición.
Entre todos esos episodios oscuros, uno sobresale por su violencia y repercusión: el atentado anarquista de 1893, conocido como la bomba del Teatro del Liceu. ¿Cómo pasó Barcelona de tener uno de los escenarios más distinguidos de Europa a ser conocida como «la ciudad de las bombas»?
Los orígenes del Liceu: entre la cultura y los trinitarios
El origen del Gran Teatre del Liceu se remonta a 1837, cuando un grupo de aficionados a las artes escénicas fundó una pequeña sociedad para recaudar fondos destinados a una milicia local. Poco a poco, la iniciativa fue creciendo hasta convertirse en el Liceo Filarmónico Dramático Barcelonés, una especie de conservatorio donde se impartía formación en teatro y música.
La necesidad de un espacio adecuado hizo que en 1844 se encargara la construcción de un nuevo edificio en la Rambla, sobre los restos del antiguo convento de los trinitarios, parcialmente destruido. Según cuenta la tradición, durante las obras aparecieron los restos de algunos frailes enterrados allí siglos atrás, lo que alimentó la idea de que el lugar estaba maldito. Pero la ciudad seguía su curso, y el Liceu abrió sus puertas el 4 de abril de 1847.
Un teatro para la élite: ópera, negocios y supersticiones
Desde su inauguración, el Liceu se convirtió en mucho más que un teatro. Era el lugar donde la burguesía industrial catalana no solo disfrutaba de óperas, sino donde cerraba negocios, acordaba matrimonios y se dejaba ver. La ópera era casi una excusa para el desfile social de la élite barcelonesa.
Pero la maldición no tardó en aparecer. En 1861, un incendio causado por una lámpara de aceite mal apagada destruyó gran parte del teatro. Muchos atribuyeron el fuego a los «espíritus» de los trinitarios profanados. Las supersticiones ganaron fuerza, pero los propietarios ignoraron los rumores y el Liceu fue reconstruido en apenas un año. Volvió a abrir sus puertas y recuperó su lugar central en la vida social de la ciudad.
Una ciudad en ebullición: la Barcelona del proletariado
Para finales del siglo XIX, Barcelona era el corazón industrial de España. Las fábricas se multiplicaban, al igual que los barrios obreros. El Raval, Paral·lel y otras zonas cercanas al centro concentraban a miles de trabajadores que habían llegado desde diferentes partes del país buscando un jornal y una vida mejor.
Era una ciudad partida en dos: por un lado, la burguesía que huía hacia el flamante Eixample; por el otro, los obreros que vivían hacinados en la ciudad vieja. Entre ambas realidades, casi como una frontera simbólica, estaba el Liceu. Un palacio de mármol, terciopelo y luces brillantes a pocos pasos de los callejones oscuros del Raval.
No es de extrañar que para muchos, el teatro se convirtiera en un símbolo provocador del poder económico. Un escaparate donde se exhibía el lujo al que jamás accederían los trabajadores. En ese caldo de cultivo, el movimiento anarquista encontró terreno fértil.
1893: la bomba que sacudió Barcelona
El 7 de noviembre de 1893, el Teatro del Liceu abría la temporada con la ópera Guillermo Tell, de Rossini. Aquella noche, entre los asistentes se encontraba Santiago Salvador, un anarquista convencido. Subió hasta el quinto piso y desde allí lanzó dos bombas Orsini al patio de butacas. La primera explotó, causando la muerte de 20 personas y dejando más de 25 heridos. La segunda no llegó a estallar: cayó sobre el regazo de una de las víctimas y su mecanismo no se activó.
El atentado conmocionó no solo a Barcelona, sino a toda Europa. La ciudad, que ya había vivido más de cien explosiones anarquistas en los últimos años, pasó a ser conocida como «la ciudad de las bombas». Las autoridades respondieron con una fuerte represión contra todo sospechoso de tener vínculos con el anarquismo. El miedo se instaló en la burguesía. El Liceu tuvo que cerrar temporalmente, y el terror dejó huella en la memoria colectiva.
La maldición vuelve: el incendio de 1994
Pese a todo, el teatro sobrevivió. Y lo hizo durante décadas, hasta que en 1994, una chispa durante unos trabajos de mantenimiento prendió las cortinas del escenario. El fuego se propagó rápidamente y destruyó gran parte del edificio. Solo quedaron en pie parte de la fachada y los muros laterales.
El incendio fue portada en todos los periódicos. La conmoción fue tal que Montserrat Caballé, gran diva de la ópera y símbolo del Liceu, le dedicó un emotivo concierto de despedida. La ciudad entera se volcó con la reconstrucción. En 1999, el Liceu reabrió sus puertas con un ambicioso proyecto que combinaba respeto por la historia y modernidad técnica.
Visitar el Liceu es entrar en un lugar cargado de memoria. Y también es una invitación a reflexionar sobre la ciudad que lo rodea. Porque en el fondo, el Liceu no es solo un teatro: es un espejo de Barcelona.
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