Cinco calles con nombres curiosos de Barcelona que se nombraron solas

Barcelona está llena de calles con nombres que repetimos sin pensar. Balmes, Aragó, Mallorca, Princesa. Pero entre miles de placas oficiales existen otras mucho más extrañas: calles dedicadas a moscas, al peligro, al olvido o a una copa de anís. Y lo más interesante no es solo el nombre, sino cómo nacieron.

Porque algunas calles de Barcelona no fueron bautizadas por políticos, urbanistas ni comisiones municipales. Se nombraron solas. Sus nombres surgieron del habla popular, de la costumbre y de la necesidad cotidiana de identificar lugares que todo el mundo conocía por una razón muy concreta.

Detrás de esos nombres aparentemente curiosos se esconden mercados medievales, barrios desaparecidos, caminos agotadores, tabernas portuarias y antiguas villas obreras. Historias pequeñas en apariencia, pero enormes para entender cómo vivía realmente la ciudad.

Estas cinco calles con nombres curiosos de Barcelona son una puerta de entrada perfecta a esa memoria urbana que todavía sigue escrita en las esquinas.

Cantonada dels carrers Sant Domènec del Call, Fruita i Marlet (Barcelona) – Enfo – CC BY-SA 4.0

Cuando las calles se nombraban desde la vida cotidiana

Durante siglos, los nombres de las calles de Barcelona nacieron de forma espontánea. En la ciudad medieval nadie diseñaba un callejero completo desde un despacho. Las calles se identificaban por aquello que las definía: el oficio que concentraban, un edificio destacado, una familia influyente, una anécdota conocida o alguna característica física del lugar.

Por eso abundan nombres como Argenteria, donde trabajaban los plateros; Flassaders, vinculada a los fabricantes de mantas; o Espaseria, relacionada con los espaderos. Hacia 1516 se documentaban alrededor de 195 oficios en Barcelona, y muchos dejaron su huella en el nomenclátor de Ciutat Vella.

La situación empezó a cambiar en el siglo XIX. Tras el bombardeo de Barcelona ordenado por el general Espartero en 1842, muchos vecinos borraron los nombres pintados en las fachadas para evitar la localización por parte de las autoridades. El Ayuntamiento respondió colocando placas de mármol y fijando oficialmente los topónimos.

Años después, con el desarrollo del Eixample y el Plan Cerdà, el escritor Víctor Balaguer recibió el encargo de nombrar las nuevas calles. Surgieron entonces grandes avenidas y vías dedicadas a territorios, instituciones y personajes de la historia catalana y de la Corona de Aragón.

Sin embargo, en los barrios antiguos y en los municipios que Barcelona fue absorbiendo, la tradición oral siguió viva. Allí sobrevivieron nombres nacidos del uso popular. Y algunos todavía conservan toda su fuerza.

calle famosa de barcelona
Callejón del barrio gótico de Barcelona – Mattías Gambetta – CC BY 3.0

Carrer de les Mosques: la calle más estrecha de Barcelona

El Carrer de les Mosques apenas alcanza los 1,48 metros de ancho. Es la calle más estrecha de Barcelona y conecta el Carrer de Montcada con Flassaders, junto a la basílica de Santa Maria del Mar, en pleno barrio de la Ribera.

Su nombre aparece documentado ya en 1441, y su origen es tan poco romántico como revelador. En las inmediaciones se almacenaban restos y mercancías deterioradas procedentes del mercado cercano. En un espacio estrecho, mal ventilado y húmedo, los residuos se acumulaban y las moscas llegaban en enjambre. Los vecinos empezaron a llamarlo simplemente así: la calle de las moscas.

Pero el lugar tuvo otra historia menos visible. En ese pasadizo funcionó uno de los burdeles más frecuentados de la ciudad, especialmente por marineros y soldados durante la Guerra de Sucesión. Un dicho catalán lo recordaba con ironía: «Al carrer de les mosques hi ha funció a les fosques».

Todavía puede verse en la entrada una carassa, una cara grotesca tallada en piedra que en la Barcelona medieval servía para señalar prostíbulos. Desde 1991, el callejón permanece cerrado con rejas metálicas debido a su estrechez y al uso degradado que había sufrido.

Su entorno cambió con la construcción del Mercat del Born, inaugurado en 1876. Fue el primer gran edificio barcelonés de hierro y cristal, inspirado en Les Halles de París. Cuando cerró en 1971 y comenzaron obras en 2002, apareció bajo el mercado uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de la ciudad: más de 8.000 metros cuadrados con calles y casas del barrio de la Ribera destruidas tras 1714 para levantar la Ciutadella borbónica.

Foto antigua de como era antes el mercado del born de barcelona
Antiguo Mercado del Born - 1976 - Arxiu Municipal de Barcelona

Carrer de l’Oblit: una calle nacida de un despiste

Pocas calles tienen un origen tan literal como el Carrer de l’Oblit, en el Guinardó. Según recoge el nomenclátor municipal, al urbanizar la zona alguien repartió nombres para todas las nuevas calles… menos para una. Se olvidaron de bautizarla. Y en vez de corregir el error con solemnidad, se oficializó el descuido: calle del Olvido.

El episodio ocurrió durante la urbanización de los terrenos del Mas Guinardó, una antigua masía documentada desde el siglo XV y vinculada durante siglos a la actividad agrícola. A finales del XIX, el propietario Salvador Riera impulsó la parcelación del terreno y el 17 de febrero de 1897 obtuvo permiso para desarrollar el proyecto.

El Guinardó era entonces una zona de viñedos, campos y caminos perteneciente al municipio de Horta, que sería anexionado a Barcelona en 1904. Su transformación resume bien la expansión de la ciudad más allá de las murallas.

Sobre el nombre del barrio existen varias teorías. Una lo relaciona con guinarda, voz antigua vinculada al zorro. Otra lo conecta con los Rocaguinarda, familia del célebre bandolero Perot Rocaguinarda, convertido por Cervantes en Roque Guinart en la segunda parte del Quijote.

El barrio se construyó en dos tiempos. Primero, entre las décadas de 1920 y 1930, con casitas ajardinadas inspiradas en la idea de ciudad jardín. Después, desde los años cincuenta, la llegada de población trabajadora transformó muchas de esas torres en bloques de viviendas. Juan Marsé retrató ese paisaje urbano en Ronda del Guinardó.

Y en medio de todos esos cambios, la calle del Olvido sigue recordando un simple error de oficina.

Foto antigua de Mas Guinardó
Masia Mas Guinardó - 1910 - Arxiu Municipal de Barcelona

Carrer de Ja Hi Som: el alivio hecho topónimo

Hay nombres oficiales que parecen diseñados por técnicos. Y luego está el Carrer de Ja Hi Som, en Vallvidrera, que significa algo parecido a “¡ya hemos llegado!”.

La calle enlaza con la Drecera de Vallvidrera, un antiguo camino empinado que asciende por Collserola. Quien lo subía a pie, entre escaleras y pendientes, llegaba al tramo llano sin aire y con una frase automática en la boca: Ja hi som!.

La expresión se repitió tantas veces durante generaciones que terminó convirtiéndose en nombre de calle. El Ayuntamiento lo reconoció oficialmente el 24 de julio de 1992, aunque el propio nomenclátor admite que así la había llamado la gente “toda la vida”.

Vallvidrera aparece documentada ya en el año 987, ligada a una iglesia dependiente de Valldoreix. Situada a unos 350 metros de altitud, fue durante siglos un núcleo separado de Barcelona por la sierra de Collserola.

A finales del siglo XIX cambió su destino. La burguesía barcelonesa buscó allí aire limpio y temperaturas más suaves, lejos del humo industrial del llano. Nacieron torres de veraneo, hoteles y residencias con vistas al Vallès. En Vil·la Joana, rodeada de bosque, murió el poeta Jacint Verdaguer en 1902.

La gran revolución llegó con el funicular de Vallvidrera, inaugurado en 1906. Con él, el esfuerzo físico dejó de ser obligatorio. Pero el nombre de la calle quedó como recuerdo de los tiempos en que llegar hasta allí se celebraba como una pequeña victoria.

foto antigua de Vallvidrera barcelona
Camí antic de Vallvidrera - 1910 - Arxiu Municipal de Barcelona

Carrer de l’Anisadeta: cuatro metros de calle y siglos de puerto

El Carrer de l’Anisadeta mide apenas cuatro metros de largo. Es la calle más corta de Barcelona. Tiene una sola puerta, un solo número y una memoria mucho más larga que su tamaño.

Se encuentra entre la Plaça de Santa Maria del Mar y el Carrer dels Canvis Vells, en el corazón de la Ribera. Su nombre procede, según la tradición, de una taberna medieval llamada Ca n’Anisadeta, activa desde época temprana, donde trabajadores del puerto bebían anisadeta: anís mezclado con agua fresca al terminar la jornada.

La leyenda añade que una joven camarera atendía el local hasta que un día desapareció sin dejar rastro. La taberna cerró, pero el nombre quedó pegado al lugar.

La Ribera fue durante la Edad Media el gran distrito económico de Barcelona. Antes de la creación de la Barceloneta, aquí latía el frente marítimo de la ciudad. Vivían mercaderes, pescadores, constructores navales y los bastaixos, cargadores que transportaron piedras desde Montjuïc para levantar Santa Maria del Mar entre 1329 y 1383.

Muy cerca se encontraba también la Llotja de Mar, sede del Consolat de Mar, institución fundada en 1279 y clave para el comercio mediterráneo. Su compilación jurídica, el Llibre del Consolat de Mar, tuvo amplia difusión internacional.

Tras la derrota catalana de 1714, buena parte del barrio fue demolida para construir la Ciutadella militar. Muchos vecinos tuvieron que derribar sus propias casas. El Carrer de l’Anisadeta sobrevivió como un fragmento mínimo de aquel mundo desaparecido.

foto de la calle mas corta de barcelona
Carrer de l’Anisadeta (Barcelona) – Canaan – CC BY-SA 4.0

Carrer del Perill: cuando el barrio cambió el nombre oficial

El Carrer del Perill, en la Vila de Gràcia, no nació con ese nombre. Inicialmente se llamó del Peregrí o del Pelegrí, en referencia a Pelegrí Viladiu, fabricante textil con propiedades en la zona.

Pero la realidad urbana tenía otros planes. La calle era oscura, irregular y difícil de transitar. Caminar por allí de noche podía acabar en caída, accidente o algo peor. Los vecinos dejaron de usar el nombre del propietario y comenzaron a llamarla la calle del peligro.

Con el tiempo, la denominación popular se impuso. Viladiu desapareció del habla cotidiana. El riesgo, no.

El detalle encaja con el carácter histórico de Gràcia. La actual Vila de Gràcia nació alrededor del convento de los Carmelitas Descalzos fundado en 1626 y dedicado a la Mare de Déu de Gràcia. Durante el siglo XIX creció con rapidez gracias a la industrialización y a las fábricas textiles movidas por vapor.

En 1850 logró consolidarse como municipio independiente. En 1870, durante la Revuelta de las Quintas, la oposición al reclutamiento militar provocó barricadas, asaltos al Ayuntamiento y una dura represión militar que dejó muertos y destruyó archivos municipales.

Finalmente, Gràcia fue anexionada a Barcelona el 20 de abril de 1897, aunque nunca perdió su identidad propia. El Carrer del Perill sigue siendo una muestra perfecta de esa personalidad: directa, popular y poco dada a las apariencias.

foto de la Carrer Perill durante las fiestas de gracia
Guarnit del carrer del Perill durant la Festa Major de Gràcia 2025 – KRLS – CC BY 4.0

Cuando las calles hablan mejor que los monumentos

Estas cinco calles comparten algo esencial: no fueron bautizadas para homenajear a grandes personajes ni para decorar un plano urbano. Nacieron de la vida diaria. Del hedor de un mercado, del miedo a una calle oscura, del cansancio de una subida, de una copa tras la jornada o de un olvido administrativo.

Por eso conservan una fuerza especial. Mientras muchos nombres oficiales acaban vaciados de significado con el paso del tiempo, estos siguen contando historias cada vez que alguien los pronuncia. Son pequeñas cápsulas de memoria urbana.

Y quizá esa sea una de las mejores formas de leer Barcelona: no solo mirando fachadas y monumentos, sino escuchando cómo la ciudad se explicó a sí misma a través de sus calles.

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