¿Quiénes eran las Señoritas de Avignon? Historia del burdel que inspiró a Picasso
Si uno piensa en Picasso, lo imagina en París, en Montmartre, rodeado de artistas vanguardistas y con una paleta de colores intensos entre las manos. Sin embargo, antes de convertirse en el genio del arte moderno, Pablo Picasso fue un adolescente curioso que creció en Barcelona, una ciudad que marcó profundamente su formación artística, personal y emocional.
Una de sus obras más famosas, Las señoritas de Avignon, que mucha gente sitúa en la ciudad francesa, nació en realidad en una calle de Barcelona. Allí se encontraba un burdel que Picasso frecuentó durante su juventud y que inspiró una de las obras que cambiaría para siempre la historia del arte.
Hoy te contamos la historia barcelonesa que se esconde detrás de ese cuadro.
Picasso en Barcelona: los años de formación
Pablo Ruiz Picasso nació en Málaga en 1881, pero su historia con Barcelona comenzó en 1895, cuando tenía apenas 13 años. Su padre, el pintor y profesor José Ruiz Blasco, obtuvo una plaza como docente en la Escuela de Bellas Artes de la Llotja, y toda la familia se trasladó a la ciudad.
Aunque hoy lo recordamos como uno de los grandes revolucionarios del arte moderno, Picasso recibió una sólida formación académica desde muy joven. Bajo la influencia de su padre continuó perfeccionando una técnica que ya despertaba admiración por su calidad, y en Barcelona ingresó en la Llotja, una de las escuelas de arte más prestigiosas de España. Aquella formación clásica le permitió dominar el dibujo y la pintura mucho antes de empezar a romper sus propias reglas.
La Barcelona que encontró tampoco era una ciudad cualquiera. A finales del siglo XIX vivía un momento de gran prosperidad económica y efervescencia cultural gracias al auge del Modernismo. Arquitectos, escritores, músicos y pintores estaban transformando la vida artística de la ciudad, convirtiéndola en uno de los principales focos culturales de la península.
Durante los nueve años que vivió en Barcelona, Picasso entró de lleno en ese ambiente creativo. Participó en tertulias, hizo sus primeros amigos artistas, recorrió los cafés de La Rambla y frecuentó Els Quatre Gats, el emblemático café modernista donde se reunían algunos de los intelectuales y artistas más destacados de la época. Allí, en 1900, celebró su primera exposición individual, un paso decisivo en el inicio de su carrera.
Barcelona fue, en definitiva, el laboratorio de Picasso. La ciudad donde completó su formación, encontró su primer círculo artístico y comenzó a construir la personalidad creativa que, pocos años después, cambiaría para siempre el arte moderno.
El carrer d'Avinyó: inspiración y deseo
A finales del siglo XIX, el carrer d’Avinyó, en pleno Barrio Gótico, era una calle muy distinta a la que conocemos hoy. Además de comercios y viviendas, concentraba varios burdeles y casas de citas frecuentados por marineros, obreros, estudiantes y artistas. Era uno de esos lugares donde la Barcelona más respetable se mezclaba con la vida nocturna. Entre aquellos burdeles se encontraba el que, según algunos investigadores, inspiraría años después Las Señoritas de Avignon. Volveremos sobre él más adelante.
Picasso llevaba por entonces una intensa vida bohemia y no tardó en convertir este ambiente en parte de su rutina. Pasaba los días entre tertulias, cafés y plazas de toros, y las noches en tabernas y prostíbulos, para después encerrarse en su estudio a pintar hasta el amanecer. Aquel ritmo de vida, unido a una capacidad de trabajo casi inagotable —se calcula que llegó a producir alrededor de 20.000 obras a lo largo de su vida—, marcó profundamente sus primeros años como artista.
Aquellas visitas también dejaron una huella en su imaginación. La prostitución, el deseo y los cuerpos femeninos comenzaron a aparecer con frecuencia en sus dibujos y pinturas, temas que seguiría explorando durante toda su carrera.
Picasso vivió en Barcelona hasta 1904, cuando se trasladó definitivamente a París. Sin embargo, nunca rompió del todo el vínculo con la ciudad donde se formó. Aquellos años de juventud, sus calles, sus personajes y los recuerdos de esa etapa siguieron apareciendo, de una forma u otra, en muchas de sus obras. Y es precisamente ahí donde nace uno de los mayores malentendidos de las vanguardias artísticas: Las señoritas de Aviñón, un cuadro que muchos asocian a la ciudad francesa, pero cuyo título remite en realidad al carrer d’Avinyó de Barcelona y a las prostitutas que trabajaban en sus burdeles.
Fue precisamente durante esos años de formación cuando nació el recuerdo que, tiempo después, acabaría dando origen a una de sus obras más famosas.
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¿Quiénes eran las "señoritas"?
En 1904, Picasso se instaló definitivamente en París, la capital artística de comienzos del siglo XX. Si Barcelona había sido la ciudad donde se formó como pintor, en París entró en contacto con las corrientes de vanguardia y comenzó una intensa búsqueda artística que desembocaría, tres años más tarde, en una de las obras más influyentes de la pintura del siglo XX: Las Señoritas de Avignon.
Lejos de ser una ocurrencia repentina, el cuadro fue el resultado de un largo proceso creativo. Entre 1906 y 1907, Picasso realizó decenas de bocetos y estudios preparatorios mientras exploraba nuevas formas de representar el cuerpo humano. En ese camino absorbió influencias muy diversas: desde la pintura de El Greco y Cézanne hasta la escultura ibérica y las máscaras africanas, cuyos rasgos geométricos dejaron una huella evidente en los rostros de las figuras.
El resultado fue una escena protagonizada por cinco mujeres desnudas, un tema que en sí mismo no tenía nada de novedoso. La verdadera revolución estaba en cómo las representó. Picasso eliminó la perspectiva tradicional, fragmentó el espacio, rompió las proporciones anatómicas y sustituyó los cuerpos idealizados del Renacimiento por figuras angulosas, casi agresivas. Incluso el color dejó de buscar el realismo para ponerse al servicio de la composición.
Las protagonistas ya no posan para ser contempladas. Miran directamente al espectador, lo desafían y lo obligan a enfrentarse a una imagen incómoda. Era una forma completamente nueva de entender la pintura.
La reacción fue de desconcierto. Muchos amigos de Picasso quedaron horrorizados, Henri Matisse la rechazó abiertamente y la obra permaneció años sin exhibirse al público. Sin embargo, el tiempo acabaría dándole la razón. Hoy Las Señoritas de Avignon se considera el punto de partida del cubismo y, para muchos historiadores, la primera gran obra de las vanguardias del siglo XX.
Y, aunque fue pintada en París, el recuerdo de Barcelona seguía muy presente. Porque aquellas «señoritas» no eran las de la ciudad francesa de Aviñón, sino las del carrer d’Avinyó, la calle del Barrio Gótico que Picasso había recorrido durante sus años de juventud.
El origen del nombre
Aunque hoy conocemos la obra como Las Señoritas de Avignon, ese no fue el título con el que Picasso la concibió. Durante sus primeros años circuló con distintos nombres entre su círculo más cercano. El poeta Guillaume Apollinaire llegó a referirse a ella como El burdel filosófico, hasta que el escritor y crítico André Salmon la presentó públicamente en 1916 con el título Les Demoiselles d’Avignon, el nombre con el que pasaría a la historia.
Pero el interés del cuadro no está solo en su nombre. También conserva el recuerdo de la Barcelona de juventud de Picasso. El crítico de arte Fernando Castro Flórez ha señalado que el pintor solía inspirarse en personas y lugares que conocía de primera mano, y el universo de los burdeles aparece con frecuencia a lo largo de su obra. No resulta extraño: durante sus años barceloneses era habitual verlo frecuentar los cafés, las tabernas y las casas de citas del centro histórico.
Hasta el punto de que algunos investigadores han intentado localizar el burdel que pudo inspirar la escena. El escritor Josep Palau i Fabre propuso que se encontraba en el número 44 del carrer d’Avinyó, en un antiguo palacio del siglo XVII que todavía se conserva y que hoy alberga la sede de la Fundació Francesc Ferrer i Guàrdia. Aunque no existe una prueba definitiva, esta hipótesis refuerza el estrecho vínculo entre el cuadro y la Barcelona que marcó la juventud del artista.
La obra tampoco fue un éxito inmediato. Su radicalidad desconcertó a buena parte del mundo artístico y pasó prácticamente desapercibida durante años. Solo décadas después, especialmente tras su incorporación a la colección del Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York en 1939, comenzó a ser reconocida como una de las pinturas más revolucionarias del siglo XX y una pieza fundamental para entender el nacimiento del arte moderno.
De Barcelona a la historia del arte
Aunque Picasso se marchó de Barcelona en 1904 para instalarse en París, nunca rompió del todo su relación con la ciudad. Por eso no sorprende que una de sus obras más emblemáticas tenga una raíz tan claramente ligada a Barcelona.
Hoy puedes recorrer el carrer d’Avinyó, visitar el Museu Picasso y comprender cómo aquellos años de juventud dejaron una huella profunda en el artista que acabaría revolucionando el arte moderno.
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