En una esquina discreta de la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia, entre ángeles, vírgenes y escenas bíblicas, se esconde una escultura que sorprende por su carga política. Un obrero recibe una bomba —una Bomba Orsini— de una figura demoníaca. La escena se titula “La tentación del hombre” y no parece tener cabida en un templo religioso. ¿Qué hace allí?
Para entenderlo, hay que retroceder al siglo XIX, cuando Barcelona era la ciudad más industrializada de España… y también la más convulsa. Durante décadas, fue escenario de revueltas, huelgas, atentados y explosiones. Tanto, que llegó a ser conocida internacionalmente como la ciudad de las bombas.
Esta entrada te lleva a ese momento histórico: desde la formación del movimiento obrero hasta el auge del anarquismo, pasando por la ola de atentados que marcaron la vida de la ciudad… y también la obra de Gaudí.

La historia comienza a mediados del siglo XIX. Barcelona era entonces la vanguardia industrial de España. Sus fábricas de textiles, metal y papel daban trabajo a miles de obreros, hombres y mujeres que trabajaban en condiciones precarias y sin derechos laborales.
En ese contexto, empezaron a surgir las primeras organizaciones obreras. Al principio, eran movimientos esporádicos, como los del ludismo, donde se destruían máquinas consideradas responsables de la explotación. Pero pronto llegaron las primeras huelgas, los primeros sindicatos y, poco a poco, un movimiento obrero más articulado.
El año 1855 marcó un hito: se celebró la primera huelga general de España, y fue en Cataluña. El movimiento obrero comenzaba a tomar forma, aunque todavía operaba en la clandestinidad. Eso cambiaría a partir de 1868, con la Revolución de Septiembre, también conocida como “La Gloriosa”, que derrocó a Isabel II y abrió un periodo de cierta libertad política. Durante unos años, las organizaciones obreras salieron a la luz y se empezaron a estructurar más formalmente.
Fue entonces cuando las ideas anarquistas, socialistas y comunistas —aún en proceso de formación— comenzaron a circular con fuerza por toda Europa… y también por Barcelona.

En 1864 se fundó en Londres la Primera Internacional, una organización obrera que pretendía coordinar los movimientos de trabajadores en toda Europa. En ella convivían distintas corrientes: el marxismo, que apostaba por la creación de partidos obreros y la toma del poder político; y el anarquismo, que rechazaba toda forma de autoridad, incluyendo la del propio Estado.
Ambas posturas rompieron definitivamente en 1872, y los anarquistas, liderados por Bakunin, fueron expulsados de la Internacional. Curiosamente, mientras el marxismo ganaba terreno en el resto de Europa, en España el anarquismo fue la corriente que echó raíces más profundas.
¿Por qué ocurrió esto? Hay varias teorías. Una apunta a la influencia de Giuseppe Fanelli, enviado por Bakunin, que difundió las ideas anarquistas en Barcelona como si fueran las oficiales de la Internacional. Otros argumentan que el desencanto de la clase trabajadora española con los cambios políticos del momento —el regreso de la monarquía, la inestabilidad del régimen— hizo que se desconfiara de la vía parlamentaria y se abrazara una visión más rupturista y antipolítica.
Sea como fuere, a finales del siglo XIX, el anarquismo se convirtió en la fuerza hegemónica dentro del obrerismo catalán. Una ideología radical, que no solo proponía una nueva forma de organización social, sino también una nueva forma de hacer política: la acción directa.

En las dos últimas décadas del siglo XIX, el anarquismo europeo entró en una fase más violenta. Algunos sectores comenzaron a defender la “propaganda por el hecho”, una estrategia que consistía en realizar atentados simbólicos para provocar una reacción social, demostrar la vulnerabilidad del poder y animar al pueblo a rebelarse.
“Un acto puede hacer más propaganda que mil panfletos”, decía el teórico anarquista Kropotkin. Y bajo ese lema, se llevaron a cabo atentados en toda Europa: desde el asesinato del zar Alejandro II en Rusia hasta la muerte del rey Humberto I de Italia.
Barcelona, por supuesto, no fue la excepción. De hecho, se convirtió en uno de los principales focos de esta ola de violencia. Entre 1884 y 1909 se registraron más de 60 atentados con explosivos en la ciudad. Las bombas estallaban en calles, mercados, teatros e iglesias. Nadie parecía estar a salvo: militares, burgueses, religiosos… todos eran posibles objetivos.
No es casual que, en esta época, la prensa internacional bautizara a Barcelona como la ciudad de las bombas.
Entre los atentados más recordados de esta época destacan tres:
En los tres atentados se utilizó el mismo tipo de explosivo: la Bomba Orsini, diseñada por el anarquista italiano Felice Orsini. De forma esférica, con puntas cargadas de fulminato de mercurio, no necesitaba mecha: explotaba al impactar. Su eficacia —y su sencillez— la convirtieron en el arma favorita de los anarquistas del momento.
Y no solo eso. También se convirtió en un símbolo. Tanto, que terminó esculpida en piedra… en la mismísima Sagrada Familia.

Antonio Gaudí vivía en la misma ciudad que ardía por dentro. Testigo directo de esta Barcelona industrial, convulsa y llena de tensiones, no podía ignorar lo que ocurría a su alrededor. Como católico devoto, veía con preocupación la violencia que impregnaba la vida urbana y el avance de ideologías que, desde su perspectiva, corrompían el alma del obrero.
En 1895, dos años después del atentado del Liceu, Gaudí diseñó un pequeño grupo escultórico para la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia. Se encuentra en el portal del Rosario y pasa fácilmente desapercibido. Pero su mensaje es contundente.
Titulado “La tentación del hombre”, representa a un obrero recibiendo una Bomba Orsini de manos de una figura demoníaca. Es una escena sencilla, pero profundamente simbólica: para Gaudí, la violencia no era fruto del obrero, sino del mal que lo seduce. La bomba —símbolo de la propaganda por el hecho— se convierte aquí en una tentación, una caída moral.
La elección de este tema en una basílica expiatoria no es casual. La Sagrada Familia, en palabras de Gaudí, era una obra pensada para redimir los pecados del hombre. ¿Y qué mayor pecado que el de asesinar en nombre de la justicia?
La escultura de la Bomba Orsini en la Sagrada Familia no es solo una rareza iconográfica. Es el eco de una ciudad convulsa, dividida entre la fe y la revolución, entre el templo y la fábrica, entre el panfleto y la dinamita.




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