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Hablar de Carmen Amaya en Barcelona es hablar de una de las leyendas más grandes del flamenco y, al mismo tiempo, de un barrio desaparecido que marcó la vida de miles de personas: el Somorrostro. Nacida en 1918 entre las chabolas de la playa barcelonesa, Carmen creció en condiciones duras, pero desde niña convirtió la arena y las olas del Mediterráneo en su primer escenario.
A menudo se piensa en el flamenco como un arte exclusivamente andaluz. Sin embargo, la historia de Carmen Amaya nos recuerda que Barcelona también fue un centro de tradición flamenca. Desde las barracas del litoral, esta niña gitana pasó a conquistar los teatros más prestigiosos del mundo, desde París a Nueva York, y a ser ovacionada incluso en la Casa Blanca.
Hoy vamos a recorrer la vida de Carmen Amaya, su vínculo con el Somorrostro y cómo esta artista universal llevó el flamenco desde la Barcelona más humilde hasta lo más alto de la escena internacional.

El Somorrostro fue un barrio de barracas que se extendía a lo largo de la playa de la Barceloneta, donde vivían miles de familias humildes, muchas de ellas gitanas. Aunque las condiciones eran duras —casas precarias, sin agua corriente ni servicios básicos—, muchos de sus habitantes lo recordaban con cariño y nostalgia, como un lugar de comunidad y de raíces.
Carmen Amaya nació allí en 1918, en el número 48 del Somorrostro. La leyenda dice que la noche de su nacimiento una tormenta azotó con tanta fuerza que las olas llegaron a golpear la chabola de su familia. Su madre tuvo que refugiarse en otra casa, mientras la recién nacida parecía absorber aquella energía del mar que luego marcaría su baile.
Ella misma solía decir que había aprendido su primer ritmo del movimiento de las olas y que perfeccionó su arte bailando en la arena. Esa conexión con la naturaleza y con su barrio nunca la abandonaría.

Carmen era hija de una familia gitana de tradición flamenca. Su padre, “El Chino”, era guitarrista y tocaba en tabernas para sobrevivir. Desde los cuatro años, la pequeña Carmen ya bailaba junto a él en las calles de Barcelona para ganar unas monedas. Pero trabajar desde tan niña también la obligó a veces a mentir sobre su edad para que la dejaran actuar en algunos locales, lo que provocó confusiones sobre su fecha exacta de nacimiento.
En los años 20, el flamenco vivía un auge en Barcelona. Tabernas, cafés cantantes y teatros programaban espectáculos, y Carmen pasó rápidamente de bailar en las calles a hacerlo en escenarios cada vez más importantes.
El gran salto llegó en 1929, cuando con solo 11 años actuó en La Taurina. El crítico musical Sebastián Gasch escribió entonces un artículo memorable en el que afirmaba que con aquella niña “el tablao vibraba con inaudita brutalidad e increíble precisión”.
Ese mismo año, durante la Exposición Internacional de Barcelona, Carmen Amaya actuó en la inauguración del Poble Espanyol ante el rey Alfonso XIII. Dos momentos que marcaron el inicio de su meteórica carrera.

En 1936 estalló la Guerra Civil española. Carmen y su familia huyeron al extranjero, iniciando una gira que la llevaría primero a Buenos Aires y luego por toda Sudamérica. Su éxito fue arrollador: cada actuación llenaba los teatros y despertaba auténtico fervor.
En los años 40 llegó a Estados Unidos, donde su carrera alcanzó la cima. Actuó en Hollywood, rodó películas y llenó el prestigioso Carnegie Hall de Nueva York. Se cuenta que, en aquella época, Carmen tenía más funciones programadas que el mismísimo Frank Sinatra.
El propio presidente Franklin D. Roosevelt la invitó a actuar en la Casa Blanca y puso a su disposición el avión presidencial. Carmen Amaya se convirtió así en embajadora del flamenco en el mundo, mostrando un estilo único, fuerte y visceral que rompía moldes en un arte hasta entonces dominado por hombres.
Su temperamento le valió el apodo de “La Capitana”, pero quienes la conocieron destacan también su generosidad y la fidelidad a sus orígenes.

En 1947, ya consagrada como estrella internacional, Carmen Amaya regresó a España. Fue recibida como una auténtica heroína y Barcelona le rindió varios homenajes.
En 1959 se inauguró la Fuente de Carmen Amaya, en el mismo Somorrostro donde de niña recogía agua. Aunque la fuente en sí no destaca por su belleza, para Carmen fue un honor estar presente en la inauguración, hasta el punto de cancelar una gira para acudir. Después, ofreció una función benéfica en el Palau de la Música, y según cuenta la leyenda, esa misma noche volvió a bailar en su barrio para su gente.
Otro momento clave fue en 1963, cuando participó en la película “Los Tarantos”, de Rovira-Beleta, rodada en el Somorrostro. Esta especie de “Romeo y Julieta gitano” fue candidata al Óscar y dejó inmortalizada en la gran pantalla tanto a Carmen como al barrio que la vio nacer.
Por entonces, sin embargo, la salud de Amaya estaba muy deteriorada. Sufría una grave insuficiencia renal que, según los médicos, solo lograba sobrellevar gracias al sudor que expulsaba al bailar.

Tras el rodaje de Los Tarantos, la enfermedad avanzó rápidamente. Carmen Amaya pasó sus últimos días en su casa de Begur, en la Costa Brava. Murió el 19 de noviembre de 1963, con apenas 45 años, frente al mar que tanto había marcado su vida y su baile.
Mientras tanto, el Somorrostro iniciaba su desaparición. Durante los años 50 y 60, el régimen franquista promovió polígonos de vivienda para reubicar a los habitantes de las barracas. En 1966, con motivo de una visita de Franco a Barcelona, se ordenó derribar el barrio entero. Hoy, en el lugar donde se levantaban miles de chabolas, solo queda la playa del Somorrostro, bautizada así en recuerdo de aquel pasado.
La historia de Carmen Amaya en Barcelona es la de una mujer que transformó el flamenco y lo llevó desde las playas humildes del Somorrostro hasta los escenarios más prestigiosos del mundo. Su fuerza, su arte y su vínculo con la ciudad la convirtieron en una figura irrepetible.

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