
Plan Cerdà: cuando Barcelona soñó con ser una ciudad igualitaria
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Pasear por el casco antiguo de Barcelona es como caminar por un libro de historia abierto. Cada calle estrecha, cada piedra desgastada, cada balcón de hierro forjado guarda un pedazo del pasado. Pero hay un detalle que suele pasar desapercibido incluso para los más curiosos: unas misteriosas caras esculpidas en las fachadas que parecen observar en silencio desde lo alto.
Se llaman carassas, y aunque hoy parecen simples adornos arquitectónicos, en realidad tenían una función muy concreta. En el siglo XVII, cuando Barcelona era una ciudad convulsa, militarizada y profundamente católica, estas esculturas servían para señalar los prostíbulos. Pero lo hacían de forma disimulada, como un código secreto que solo unos pocos sabían interpretar.
En este artículo te contamos su historia: cómo nacieron, por qué se usaron y cuántas sobreviven hoy en la ciudad.

Las carassas son pequeñas esculturas incrustadas en las fachadas de algunos edificios antiguos de Barcelona. Representan rostros —a veces de mujeres, a veces de sátiros o figuras grotescas— que pueden parecer simplemente decorativos, pero que durante siglos tuvieron un propósito mucho más funcional.
Su origen se remonta al siglo XVII y su ubicación no era casual: se colocaban sobre las puertas o en las esquinas de las casas de prostitución, actuando como una discreta señal para quienes buscaban estos servicios. Allí donde apuntaba la mirada de la carassa, solía haber un prostíbulo.
En una época en que la moral católica condenaba oficialmente la prostitución, pero la administración civil la toleraba como un mal menor inevitable, estas figuras ofrecían un equilibrio tácito entre la represión pública y la permisividad privada. Las carassas no solo decoraban: también hablaban, aunque en voz baja, de lo que la ciudad prefería no decir en alto.
Para entender por qué surgieron las carassas, es importante conocer el contexto histórico en el que aparecieron. Durante el siglo XVII, España vivía un periodo de inestabilidad constante, marcado por guerras con Francia, Inglaterra, Portugal… e incluso guerras internas, como la rebelión catalana de 1640.
Barcelona, como ciudad estratégica, fue ocupada en varias ocasiones por tropas extranjeras o por el propio ejército español. Estos soldados, ajenos a la ciudad y sus costumbres, demandaban ciertos “servicios”, especialmente durante sus descansos o estancias prolongadas.
La presencia militar masiva chocaba con la moral oficial, pero creaba una realidad paralela: los prostíbulos proliferaban y era necesario un sistema de señalización discreto pero efectivo. Las carassas fueron esa solución: un código visual que no necesitaba palabras, entendible para quienes sabían mirar con atención.




Aunque pueda parecer contradictorio, la prostitución fue una actividad tolerada en muchas ciudades europeas de la Edad Moderna. No porque se considerara buena o legítima, sino porque se creía que servía para evitar males mayores como el adulterio o las violaciones.
En ciudades como Barcelona, las autoridades eclesiásticas y civiles convivían con esta contradicción. No se legalizaban abiertamente los prostíbulos, pero tampoco se erradicaban, especialmente cuando había soldados en la ciudad o un aumento de población flotante.
El uso de señales como las carassas permitía que la actividad existiera sin ofender a la moral pública. Las fachadas no anunciaban nada de forma explícita, pero quienes estaban familiarizados con el símbolo sabían exactamente lo que significaba. En el fondo, era una forma de control social disfrazado de silencio.
La mayoría de las carassas desaparecieron con el tiempo. Algunas fueron destruidas cuando cambió el uso del edificio, otras se retiraron por iniciativa de las autoridades o por reformas arquitectónicas.
Sin embargo, aún hoy se conservan algunas, especialmente en los barrios del Born y la Ribera, zonas que históricamente concentraron una gran parte de la vida comercial y, también, de los espacios de prostitución.
Una de las más conocidas se encuentra en la esquina entre los carrers de Mirallers y Vigatans, perfectamente visible en lo alto de una fachada. Otra puede verse en la esquina entre las calles de les Mosques y Flassaders, con un rostro grotesco que parece observar a los viandantes. Y una tercera, más discreta, sobrevive bajo el balcón de un tercer piso, en la calle de les Panses, apenas conservando la mitad inferior de la cara, pero con la mirada orientada hacia el piso donde, según se dice, funcionaba un prostíbulo.
Son rostros que sorprenden por su expresión grotesca o exagerada, como si quisieran llamar la atención… pero solo de quien sabe lo que está viendo. Estas carassas se han convertido en pequeños tesoros escondidos para quienes exploran el casco antiguo con ojos atentos.
Hoy en día, las carassas ya no cumplen su función original. Lo que antes era un código secreto, ahora es una curiosidad histórica que despierta la fascinación de quienes se interesan por el pasado menos visible de la ciudad.
Pero más allá de su anécdota, estas figuras nos hablan de cómo las ciudades han aprendido a ocultar lo que no quieren mostrar abiertamente, y de cómo la historia no solo se encuentra en los grandes monumentos, sino también en los rincones olvidados.
Preservar las carassas es también preservar una parte de la historia de Barcelona: la que tiene que ver con la vida cotidiana, con las contradicciones morales, con los márgenes sociales y con las formas en que las personas han aprendido a convivir con lo prohibido.
Si estás organizando una ruta por el casco antiguo de Barcelona o buscas los secretos del Barrio Gótico y el Born, las carassas son una parada imprescindible. Son uno de esos detalles de la Barcelona oculta que no aparecen en las guías convencionales, pero que cuentan más sobre la historia real de la ciudad que muchos monumentos famosos.






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