La Tentación del Hombre: una bomba anarquista en la Sagrada Familia
En la Sagrada Familia, entre ángeles y escenas bíblicas, hay un demonio entregando un objeto extraño a un hombre. ¿Lo has visto? No es un simple detalle escultórico: es la representación de una tragedia real que marcó a la Barcelona del siglo XIX.
El objeto que recibe ese hombre, tentado por el diablo, es una bomba Orsini: un explosivo real, utilizado en atentados anarquistas durante los años más convulsos de la ciudad. Y sí, Gaudí, el gran arquitecto profundamente religioso, decidió representarlo en el que quizás es su templo más sagrado.
¿Por qué? ¿Qué hacía un símbolo de violencia en una iglesia? Para entenderlo, tenemos que mirar más allá de la piedra y entrar en el contexto en el que esta basílica fue levantada: una época agitada, contradictoria y, sobre todo, marcada por una fuerte lucha social.
¿Qué es la bomba Orsini?
La bomba Orsini fue un invento del revolucionario italiano Felice Orsini en la década de 1850. Se trataba de un explosivo portátil, de fabricación relativamente sencilla, compuesto por una carga de pólvora que se activaba al impactar con una superficie, gracias a unas esferas metálicas que sobresalían y actuaban como detonadores.
Por su facilidad de transporte y activación, se convirtió en una herramienta ideal para los anarquistas más radicales, aquellos que defendían la llamada «propaganda por el hecho»: una forma de lucha que consistía en realizar atentados espectaculares para despertar la conciencia social.
En los últimos años del siglo XIX, muchas de estas bombas explotaron en grandes ciudades europeas, y Barcelona no fue una excepción. De hecho, aquí se vivió uno de los episodios más trágicos de esta oleada de violencia.
El atentado del Liceo: sangre en el corazón de la burguesía
El 7 de noviembre de 1893, un anarquista llamado Santiago Salvador arrojó dos bombas Orsini desde el palco del Liceu de Barcelona mientras se representaba la ópera Guillaume Tell de Rossini. Una de ellas no llegó a estallar, pero la otra explotó en plena platea.
El resultado fue devastador: murieron más de 20 personas, la mayoría miembros de la alta burguesía barcelonesa. No fue un atentado cualquiera: fue un ataque simbólico al corazón cultural y social de las clases dominantes.
La ciudad quedó conmocionada. La tensión entre clases sociales se agudizó. La represión no tardó en llegar, y con ella, más violencia. Fueron años marcados por atentados, huelgas, ejecuciones sumarias y leyes de excepción. En medio de ese clima, Antoni Gaudí seguía levantando, piedra a piedra, el templo expiatorio de la Sagrada Familia.
Gaudí y la Barcelona convulsa del fin de siglo
Aunque hoy lo recordamos como un genio de la arquitectura modernista, Gaudí fue también un hombre profundamente religioso, con una visión social muy marcada. No era indiferente a lo que pasaba en las calles. Vivía en una ciudad partida en dos: por un lado, la opulencia de la burguesía; por otro, la miseria de las clases trabajadoras.
Gaudí simpatizaba con los sectores más humildes, pero rechazaba firmemente la violencia como camino para la justicia social. Para él, la fe, el trabajo y la educación eran la respuesta. Su obra arquitectónica está impregnada de simbolismo religioso, pero también de una mirada muy crítica sobre su tiempo.
Y eso lo vemos, precisamente, en una pequeña escultura de la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia: La Tentación del Hombre.
La Tentación del Hombre: cuando el demonio ofrece una bomba
En 1895, solo dos años después del atentado del Liceo, Gaudí incorpora en la fachada del Nacimiento un conjunto escultórico que a menudo pasa desapercibido entre ángeles, músicos celestiales y escenas de la infancia de Cristo.
En él, vemos a un hombre trabajador —un obrero, quizás un reflejo del pueblo llano— recibiendo una bomba Orsini de las manos de una figura demoníaca. El mensaje es claro: la violencia es una tentación, incluso para el más honesto de los hombres. Y esa tentación tiene un rostro: el del mal, el del caos, el del diablo.
Gaudí, con esta representación, no solo critica la violencia anarquista, sino que también nos habla del momento histórico que estaba viviendo. La escultura no es una anécdota decorativa: es un comentario político, social y moral incrustado en la piedra.
Cuando pensamos en la Sagrada Familia, solemos imaginar un lugar fuera del tiempo: una iglesia que mira al cielo, un proyecto eterno. Pero no debemos olvidar que también es un edificio profundamente arraigado en la historia concreta de su época. Cada fachada cuenta algo distinto: la del Nacimiento es una exaltación de la vida, pero también una advertencia sobre los peligros del mundo. La Tentación del Hombre no es solo una curiosidad escultórica: es la huella de una Barcelona herida, polarizada, dolida por la violencia, pero también llena de esperanza en un futuro distinto.
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