La fachada neogótica de la Catedral de Barcelona: una historia reciente para un templo medieval

Cuando uno se planta frente a la Catedral de Barcelona, con su fachada imponente y sus torres góticas, parece estar contemplando una obra medieval salida de pleno siglo XIV. Pero la realidad es que esa fachada que tanto fotografían turistas y barceloneses no tiene más de un siglo de antigüedad. Durante siglos, la Catedral se mantuvo con un aspecto mucho más sobrio e inacabado, hasta que, a finales del XIX y principios del XX, se decidió vestirla con un nuevo rostro neogótico. 

Detrás de esta transformación hay historias de dinero, poder e incluso de debates estéticos en los que participaron figuras tan reconocidas como Gaudí. Y, además, forma parte de un proyecto más amplio que buscaba “medievalizar” el centro histórico de Barcelona para atraer visitantes y reforzar la identidad de la ciudad.

La Catedral de Barcelona y su construcción medieval

La Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia, más conocida simplemente como Catedral de Barcelona, comenzó a construirse en 1298, en plena expansión medieval de la ciudad. 

Su edificación se prolongó durante más de 150 años, un periodo en el que se levantaron el claustro, las capillas laterales y gran parte de la estructura principal. Sin embargo, las limitaciones económicas hicieron que la fachada principal quedara inacabada. 

Durante siglos, el templo lució un aspecto austero y sin la monumentalidad que hoy asociamos a las grandes catedrales góticas europeas. Para hacernos una idea: a finales del siglo XIX, la fachada era sencilla, sin torres ni grandes ornamentaciones, y contrastaba con el resto del conjunto. 

La Catedral era un lugar de culto central para la ciudad, pero arquitectónicamente estaba lejos de la imagen “de postal” que hoy todos reconocemos.

Congreso de obreros en Barcelona. Fuente: La Ilustración Española y Americana (1870). Dominio público.

El impulso de Manuel Girona: dinero e influencia

La gran transformación llegó gracias a la figura de Manuel Girona i Agrafel (1817–1905), un industrial y banquero catalán que decidió financiar la finalización de la fachada. Girona era uno de los hombres más influyentes de la Barcelona de la época: había sido alcalde, diputado y estaba profundamente vinculado al desarrollo económico de la ciudad. 

Su gesto no fue solo una cuestión de devoción religiosa: financiar una obra de tal envergadura era también una forma de dejar huella en el patrimonio urbano de Barcelona y de vincular su apellido al prestigio de la Catedral. 

En cuanto al diseño, se presentaron varias propuestas. La opinión pública se inclinó por el proyecto de Joan Martorell, arquitecto prestigioso, cuyo delineante por aquel entonces era un joven Antoni Gaudí. Sin embargo, el propio Girona presentó su idea, a pesar de no ser arquitecto, y fue finalmente la elegida. 

La decisión no estuvo exenta de polémica: ¿debía prevalecer la opinión del financiador por encima de los especialistas? En la práctica, así fue. Pero el resultado inicial no convenció a los barceloneses, lo que obligó a Girona a modificar el diseño hasta acercarse al aspecto que proponía Martorell.

Arxiu Municipal de Barcelona

Una fachada neogótica en pleno siglo XX

Las obras de la fachada se iniciaron a finales del siglo XIX y se prolongaron hasta 1913, con la colocación de las dos torres laterales. Lo más sorprendente es que, aunque el conjunto de la Catedral es medieval, su aspecto actual responde al gusto neogótico, un estilo historicista que buscaba recuperar y reinterpretar la estética del gótico medieval. 

El neogótico estaba de moda en toda Europa desde mediados del siglo XIX. Londres había levantado el nuevo Parlamento en este estilo, y en Cataluña, el movimiento de la Renaixença impulsaba la recuperación de símbolos históricos de la identidad catalana. 

En ese contexto, vestir la Catedral con una fachada monumental, aunque fuera “falsa” desde un punto de vista histórico, parecía lo más adecuado. 

Lo curioso es que hoy pocos visitantes se plantean que esa fachada es relativamente reciente. Se contempla como parte de un conjunto “medieval”, cuando en realidad fue diseñada y construida en plena época industrial, en una Barcelona que ya tenía tranvías, fábricas y grandes avenidas.

La monumentalización del Barrio Gótico

La fachada de la Catedral no fue un caso aislado. A principios del siglo XX, las autoridades barcelonesas emprendieron un gran proyecto de monumentalización del centro histórico. La idea era embellecer el casco antiguo y dotarlo de un aire medieval que atrajera tanto a turistas como a una burguesía deseosa de símbolos históricos. 

Es en este proceso cuando surge lo que hoy conocemos como “Barrio Gótico”. Calles y plazas fueron transformadas, se levantaron edificios “neogóticos” y se trasladaron elementos arquitectónicos para dar coherencia a un estilo que, en muchos casos, nunca había existido allí. 

La fachada de la Catedral fue uno de los ejemplos más visibles y simbólicos de este proceso. Barcelona no solo estaba modernizándose con el Eixample y el auge del modernismo, también construía un pasado monumental a la medida de su presente.

«Explosión del Teatro de la Ópera del Liceu de Barcelona», Le Petit Journal (1893). Wikimedia Commons.

Reacciones y legado

En su momento, la fachada no convenció a todos. Algunos críticos consideraban que era un añadido artificial, que desvirtuaba el carácter original del templo. Sin embargo, con el paso de las décadas, la ciudad la asumió como propia y hoy es difícil imaginar la Catedral sin su imponente rostro neogótico. 

El legado de Manuel Girona, a pesar de las polémicas, fue decisivo. Sin su financiación, probablemente la Catedral seguiría mostrando esa fachada incompleta que caracterizó al templo durante siglos. 

Hoy, cuando miles de personas se reúnen en la plaza de la Catedral, ya sea para visitar el templo, participar en celebraciones o ver un “sardana”, pocos recuerdan que esa fachada no es tan medieval como parece. Su historia nos recuerda cómo la arquitectura no solo refleja el pasado, sino también los intereses, los gustos y las aspiraciones de cada época.

Arxiu Municipal de Barcelona

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