
¿Por qué hay una bomba en la Sagrada Familia? La Tentación del Hombre de Gaudí
Gaudí esculpió una bomba Orsini en la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia. Es su crítica a la violencia anarquista que sacudió Barcelona en el siglo XIX.
Pocos turistas que hoy toman el sol en la playa de la Barceloneta saben que, hace no tanto tiempo, ese mismo lugar estaba lleno de barracas de madera, chatarra y uralita. Un asentamiento precario que, durante décadas, fue el hogar de miles de personas llegadas de toda España. Ese lugar se llamó Somorrostro, y durante buena parte del siglo XX fue uno de los barrios más pobres y olvidados de Barcelona.
Allí nacieron vidas, familias, oficios, y hasta una estrella internacional: la bailaora Carmen Amaya. Pero también fue un espacio de exclusión y marginación. En los años sesenta, el barrio fue arrasado en nombre del progreso, y solo su nombre —recuperado oficialmente en 2010 para designar la playa— nos recuerda lo que allí existió.
Esta es la historia de Somorrostro, la playa que fue un barrio.

El Somorrostro empezó a formarse en las últimas décadas del siglo XIX, cuando Barcelona vivía una expansión industrial desbordada y caótica. El puerto se había convertido en un motor económico, y la ciudad crecía sin parar, pero no a todos les llegaban los beneficios de esa prosperidad. Muchos trabajadores venidos de otras partes de España, especialmente de Andalucía, Murcia y Aragón, llegaban buscando un futuro mejor. Lo que encontraban, en muchos casos, era la falta de vivienda.
Ante la imposibilidad de acceder a un hogar en condiciones, miles de personas comenzaron a construir sus casas improvisadas en terrenos marginales, como las playas o las laderas de Montjuïc. Así nació el Somorrostro: una franja de chabolas junto al mar, entre las vías del tren y el agua, que creció sin control.

El Somorrostro llegó a tener entre 10.000 y 15.000 habitantes, distribuidos en más de 2.000 barracas. No había agua corriente, ni electricidad, ni alcantarillado. Las casas se levantaban con maderas viejas, restos de metal, lonas y ladrillos recuperados. Cada temporal podía significar la destrucción de lo poco que se tenía.
Pero, a pesar de la precariedad, en el barrio floreció una intensa vida comunitaria. Las familias compartían recursos, se cuidaban entre ellas, y desarrollaron redes informales de ayuda mutua. En las calles del Somorrostro se criaban niños, se aprendían oficios, se bailaba y se resistía. Y también se soñaba.
Carmen Amaya, la estrella del barrio:
Una de las figuras más célebres nacidas en el Somorrostro fue Carmen Amaya, hija de una familia gitana dedicada al flamenco. Bailaora prodigiosa desde niña, Carmen actuaba en tabernas del puerto y plazas del barrio. Su talento descomunal la llevó pronto a escenarios internacionales, desde París hasta Hollywood, convirtiéndose en una embajadora de la cultura popular de Barcelona.
Su origen humilde nunca fue un secreto. De hecho, en muchas entrevistas, Carmen hablaba con orgullo de su infancia en el Somorrostro. Ella fue —y sigue siendo— un símbolo del talento que puede nacer en los márgenes.

El Somorrostro no fue el único barrio de barracas de Barcelona, pero sí uno de los más visibles y simbólicos. Tener un asentamiento tan precario junto a la costa empezaba a ser incómodo para las autoridades, sobre todo en una ciudad que quería proyectar una imagen moderna y ordenada.
El momento decisivo llegó en 1966, cuando el dictador Francisco Franco visitó Barcelona para presidir una exhibición naval en la costa. El Ayuntamiento decidió demoler el barrio, que ya estaba prevista dentro de los planes de “limpieza” urbana del litoral. La intención era clara: evitar que el dictador viera una imagen de pobreza y marginalidad.
Las barracas fueron derribadas a toda prisa, y sus habitantes fueron reubicados en barrios periféricos, como Sant Roc, en Badalona, o La Mina, en Sant Adrià del Besòs. No hubo indemnizaciones, ni procesos participativos. La ciudad simplemente decidió que el Somorrostro debía desaparecer.
Tras la demolición, el Somorrostro fue literalmente borrado del mapa. Durante décadas no hubo placas, ni homenajes, ni referencias. Solo el recuerdo persistente de quienes habían vivido allí. Algunos lo rememoraban con nostalgia, otros con rabia, pero todos coincidían en una cosa: Barcelona les dio la espalda.
Con el tiempo, la zona fue absorbida por el gran proyecto de reurbanización del litoral de cara a los Juegos Olímpicos de 1992. En ese nuevo paisaje de palmeras, gimnasios y turismo de masas, el Somorrostro parecía no haber existido nunca.
El Somorrostro no fue el único barrio de barracas de Barcelona, pero sí uno de los más visibles y simbólicos. Tener un asentamiento tan precario junto a la costa empezaba a ser incómodo para las autoridades, sobre todo en una ciudad que quería proyectar una imagen moderna y ordenada.
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Tras la demolición, el Somorrostro fue literalmente borrado del mapa. Durante décadas no hubo placas, ni homenajes, ni referencias. Solo el recuerdo persistente de quienes habían vivido allí. Algunos lo rememoraban con nostalgia, otros con rabia, pero todos coincidían en una cosa: Barcelona les dio la espalda.
Con el tiempo, la zona fue absorbida por el gran proyecto de reurbanización del litoral de cara a los Juegos Olímpicos de 1992. En ese nuevo paisaje de palmeras, gimnasios y turismo de masas, el Somorrostro parecía no haber existido nunca.

En el año 2010, el Ayuntamiento de Barcelona decidió recuperar el nombre original del barrio para denominar a uno de los tramos de la costa: la actual playa del Somorrostro, entre el Hospital del Mar y el espigón del Puerto Olímpico. Junto a la placa conmemorativa, se hicieron algunas actividades culturales para recuperar la memoria de un barrio que había sido silenciado durante demasiado tiempo.
También surgieron proyectos vecinales, exposiciones y documentales que pusieron el foco en la historia del Somorrostro: no solo como símbolo de exclusión, sino también como referente de vida obrera, migración, cultura popular y lucha por la dignidad.

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