
La Criolla: sexo, travestismo y transgresión en el Barrio Chino
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Pasear hoy por el Passeig de Gràcia es contemplar el escaparate más elegante del modernismo catalán. Allí están las casas más célebres de Gaudí: la discreta Casa Calvet, la colorida y simbólica Casa Batlló… y una mole ondulante de piedra que parece resistirse a toda etiqueta: La Pedrera. Oficialmente llamada Casa Milà, este edificio no solo fue una revolución arquitectónica, sino también una de las obras más polémicas de su tiempo.
Pero más allá de sus formas escultóricas, lo que muchos desconocen es que la historia de La Pedrera está íntimamente ligada a uno de los episodios más convulsos de la Barcelona moderna: la Semana Trágica de 1909. Una revuelta que sacudió la ciudad, puso en jaque al gobierno y dejó una huella profunda en la vida de Antoni Gaudí… y en el destino final de esta casa.

A finales de 1905, el matrimonio de Pere Milà y Roser Segimon —ricos, católicos y bien posicionados socialmente— encargó a Gaudí el diseño de un edificio innovador en pleno Eixample. Querían un inmueble de lujo, con su vivienda particular en el piso principal y varios apartamentos en alquiler. Gaudí aceptó el encargo tras terminar la Casa Batlló, pero esta vez no se limitaría a repetir fórmulas.
Entre 1906 y 1910, Gaudí trabajó en La Pedrera con total libertad creativa… y eso generó más de un problema. La prensa satirizó el proyecto desde el principio. Algunos la llamaban “una pescadería”, otros decían que parecía una cantera a cielo abierto —de ahí el apodo «La Pedrera», que al principio era totalmente despectivo.
Y la familia Milà no estaba precisamente encantada. Gaudí modificaba los planos constantemente, introducía soluciones estructurales revolucionarias —como la eliminación de muros de carga— y se negaba a hacer concesiones estéticas. A eso se sumaban conflictos con el Ayuntamiento por elementos que excedían las normativas urbanísticas, como una columna de la fachada y la azotea. Todo ello aumentaba el coste del proyecto… y la tensión entre arquitecto y promotor.

El conflicto que terminaría afectando directamente a La Pedrera comenzó lejos de sus muros, en las minas del Rif, en Marruecos. España, tras la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, centró sus esfuerzos coloniales en el norte de África. En 1909, tras un ataque a trabajadores españoles en unas minas explotadas por empresarios catalanes como Güell y el Marqués de Comillas, el gobierno decidió enviar tropas de refuerzo. Pero no tropas profesionales, sino reservistas.
Y aquí estalló el problema.
El sistema de reclutamiento permitía a los ricos librarse del servicio militar pagando una cantidad elevada. Así que quienes partían al frente eran casi siempre obreros, padres de familia, vecinos del Raval. La indignación fue inmediata. El 26 de julio de 1909, Barcelona amaneció paralizada por una huelga general. Pero lo que comenzó como una protesta antimilitarista, acabó derivando en una revuelta anticlerical sin precedentes.





Durante una semana, Barcelona vivió una auténtica insurrección urbana. Se cortaron las vías de tren, se levantaron barricadas y se incendiaron iglesias, conventos y colegios religiosos. La tensión acumulada durante años —la desigualdad social, el poder de la Iglesia, la represión laboral— explotó con furia.
El martes 27 de julio fue el punto álgido: se calcula que ardieron más de 20 edificios religiosos en un solo día. En algunos casos, como en el convento de las Jerónimas, incluso se profanaron tumbas. Los cadáveres de las monjas fueron exhibidos por las calles en una macabra procesión que terminó frente a las casas de Comillas y Güell, en Passeig de Gràcia. Un mensaje directo a quienes simbolizaban el poder económico y político.
En total, murieron al menos 87 personas. El ejército declaró el estado de guerra y, con la llegada de refuerzos, la revuelta fue finalmente sofocada el 2 de agosto. Pero las consecuencias serían duraderas.

Para Antoni Gaudí, profundamente religioso y devoto de la Virgen María, la Semana Trágica fue un trauma personal. Vivió aquellos días con terror, y su visión del mundo cambió. El historiador Gijs Van Hensbergen sostiene que este fue el punto de inflexión que llevó al arquitecto a dedicarse en cuerpo y alma a la Sagrada Familia. En sus propias palabras: “solo una obra expiatoria podía redimir la perversidad de la ciudad”.
La Pedrera, entonces en plena construcción, no sufrió daños durante la revuelta. Pero su relación con el contexto social cambió. Ya no era solo un edificio controvertido: era un símbolo de una ciudad dividida, en la que las tensiones entre clases sociales, Iglesia y Estado estaban al rojo vivo.
Al año siguiente, en 1910, las obras se paralizaron. Oficialmente, por conflictos legales con el Ayuntamiento. En la práctica, Gaudí ya había perdido interés. En 1912 dejó la dirección del proyecto, y en 1914 se desvinculó por completo. Nunca más diseñaría una casa civil. La Pedrera sería su última obra secular.
En los planos originales de Gaudí, la fachada de La Pedrera debía estar coronada por una escultura monumental de la Virgen del Rosario, de cuatro metros de altura. La idea era convertir el edificio en una especie de “fortaleza de la fe”, una declaración religiosa en pleno Passeig de Gràcia.
Pero los tiempos no acompañaban. Tras la Semana Trágica, los ánimos estaban caldeados y la familia Milà temía provocar nuevas tensiones. Pere Milà exigió que la imagen no se colocara, y el proyecto quedó inacabado. Es por esto que hoy se dice que La Pedrera es una obra inconclusa: no por falta de ideas, sino por el peso de la historia.
Hoy, millones de turistas visitan La Pedrera sin saber que, detrás de sus curvas y balcones de hierro forjado, se esconde el eco de un conflicto social. Una obra que quiso ser vanguardia… y terminó convertida en símbolo de una Barcelona convulsa.






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