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Cuando pensamos en la historia de Barcelona, solemos imaginarnos las ruinas romanas del subsuelo, las iglesias góticas del centro o los palacios modernistas del Eixample. Pero entre la Barcino romana y la ciudad medieval que poco a poco se fue consolidando, hubo dos etapas cruciales —aunque bastante olvidadas— que marcaron el rumbo de la ciudad: el breve periodo visigodo y los cerca de 80 años de dominio musulmán.
Dos momentos clave, llenos de cambios políticos, religiosos y sociales, que transformaron profundamente la ciudad. Barcelona pasó de ser capital de un reino germánico a convertirse en parte del Califato Omeya, para luego quedar bajo la órbita del Imperio Carolingio.
Acompáñanos a descubrir esta etapa poco conocida, pero fascinante, de la historia de Barcelona: de Sede Regia visigoda a ciudad musulmana conocida como Barshilūnan.

La historia continúa donde dejamos el relato romano. En el siglo V, el Imperio romano de Occidente ya no podía sostenerse. Su declive permitió que pueblos germánicos, como los visigodos, se asentaran en territorios que antes estaban bajo control imperial. En el año 415, el rey visigodo Atahúlfo llegó a Barcelona, acompañado por su esposa Gala Placidia —hermana del emperador Honorio y exrehén—. Aquí terminó asesinado poco tiempo después, pero su llegada marcó el inicio de un periodo decisivo para la ciudad.
Tras la derrota de los visigodos frente a los francos en la batalla de Vouillé (507), perdieron sus dominios en la Galia y se vieron obligados a replegarse hacia Hispania. Fue entonces cuando Barcelona, bien fortificada y más manejable que otras grandes urbes como Tarraco, se convirtió brevemente en la capital del reino visigodo. La ciudad pasó a llamarse Barcinona, y desde aquí se gobernó hasta que, en el año 567, la capital se trasladó definitivamente a Toledo.
Durante este tiempo, la ciudad empezó a cambiar. Los grandes edificios públicos romanos fueron desmantelados o reutilizados. Las lujosas domus se dividieron para albergar a más familias. Además, la Iglesia cristiana ganó poder y protagonismo, con la creación de un nuevo centro episcopal al norte de las murallas romanas.
Lamentablemente, no han llegado hasta nosotros muchos restos visibles de esta etapa. Sin embargo, si te fijas bien en la entrada de la iglesia de Sant Pau del Camp, podrás ver dos capiteles visigodos reutilizados, únicos testimonios arquitectónicos al aire libre de este periodo.

Uno de los elementos más curiosos —y trágicos— de la política visigoda fue su sistema de sucesión. A diferencia de otros reinos, los reyes visigodos no heredaban el trono por linaje, sino que eran elegidos por la nobleza. Este sistema, en teoría más “democrático”, provocó constantes luchas internas. Se calcula que al menos 12 de los más de 30 reyes visigodos murieron asesinados o envenenados, una tendencia que recibió el sobrenombre de morbus gothorum, la enfermedad de los godos.
Estas disputas internas debilitaron al reino visigodo y facilitaron la entrada de nuevos invasores. En este contexto, apareció un actor inesperado: el islam.
En el siglo VII, en Arabia, el profeta Mahoma fundó una nueva religión monoteísta: el islam. Tras su muerte en 632, sus sucesores, los califas, comenzaron una rápida expansión militar y religiosa. Hacia finales de ese siglo, los ejércitos del Califato Omeya ya habían cruzado el norte de África y comenzaban a poner la mirada en la península ibérica.
Aprovechando la inestabilidad del reino visigodo, el gobernador omeya Musa envió a su lugarteniente Táriq ibn Ziyad a realizar un desembarco en Gibraltar en el año 711. El rey visigodo Rodrigo intentó detener el avance musulmán, pero fue traicionado por una facción de su propio ejército durante la batalla del Guadalete. La derrota selló el destino del reino visigodo.
A partir de ahí, los ejércitos musulmanes avanzaron rápidamente por la península. En 714, fue el turno de Barcelona. A diferencia de Tarragona —que resistió hasta el 716— la ciudad optó por rendirse de forma pacífica para evitar una masacre. Las élites visigodas pactaron con los nuevos gobernantes, lo que permitió una transición más ordenada, al menos en apariencia.

Con la llegada de los musulmanes, Barcelona pasó a llamarse Barshilūnan y se integró en el mundo islámico. Aunque la duración de esta etapa fue breve —apenas 80 años— dejó huellas en la estructura urbana y el comercio de la ciudad.
Una de las principales transformaciones fue la apertura de la ciudad al mundo mediterráneo musulmán. El centro urbano se adaptó al modelo islámico, con la creación de un zoco —mercado al aire libre— que se convirtió en el nuevo núcleo comercial. El comercio con el norte de África se intensificó y se introdujeron nuevos productos y costumbres.
Aunque no conservamos mezquitas ni edificios de esta época, algunos investigadores sostienen que la antigua catedral pudo haber sido reutilizada como lugar de culto islámico, aunque no existen pruebas arqueológicas concluyentes.
Durante este periodo convivieron varias comunidades: la élite árabe y bereber que gobernaba; los mozárabes, cristianos que mantenían su fe; los muladíes, cristianos convertidos al islam; y también la comunidad judía. Aunque se permitía cierta libertad religiosa, los no musulmanes debían pagar impuestos especiales, lo que llevó a muchas conversiones —más por cuestiones económicas que espirituales.

En el año 755, el panorama político cambió radicalmente. Tras una guerra civil en el mundo islámico, el califato se fragmentó en varios reinos independientes o taifas. Esta división debilitó al poder musulmán, y facilitó el avance de nuevas fuerzas desde el norte.
En 801, el ejército de Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno, conquistó Barcelona e incorporó la ciudad a la Marca Hispánica del Imperio Carolingio. Comenzaba una nueva etapa para la ciudad, con nuevas influencias, estructuras de poder y modelos culturales que marcarían su evolución medieval.
Pero eso será tema de otro capítulo.

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