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La Sagrada Familia es un templo que ha vivido más vidas que muchas ciudades enteras. En capítulos anteriores exploramos su nacimiento, marcado por la industrialización y el caos social, y su aparente muerte, tras la pérdida de Gaudí y el incendio de sus talleres durante la Guerra Civil. Pero todavía quedaba una historia por contar: la de su resurrección.
Este artículo cierra la trilogía dedicada al templo de Gaudí con una mirada a su redención: desde el incendio que casi lo destruye por completo hasta su reconocimiento como ícono global. Un viaje que atraviesa guerras, dictaduras, censura, turismo y nuevas tecnologías. Todo para entender cómo la Sagrada Familia, inacabada y expiatoria, llegó a convertirse en el monumento más visitado de España. Esta es la historia de su Gloria.

Cuando estalló la Guerra Civil Española en julio de 1936, la ciudad de Barcelona quedó en la zona republicana. En sus primeros días se desató un caos sin precedentes, con milicias obreras tomando las calles, levantando barricadas y enfrentando al ejército sublevado. Fue una catarsis colectiva tras décadas de desigualdad, polarización y enfrentamientos ideológicos.
La relación entre la Iglesia y el Estado, tensa desde el siglo XIX, se rompió por completo. La Segunda República ya había intentado instaurar un estado laico, separando poderes y limitando el alcance del clero. Esto generó animadversión entre los sectores católicos más conservadores, que pronto se pusieron en contra del nuevo régimen.
Una vez iniciada la guerra, esa tensión se tradujo en violencia: persecución religiosa, represión, ejecuciones y, sobre todo, quema de iglesias. Barcelona fue uno de los principales escenarios de esta destrucción, y la Sagrada Familia no se salvó. La cripta fue incendiada, el edificio de las escuelas arrasado, y las maquetas, planos y documentos de Gaudí, destruidos por completo. La iglesia quedó abandonada durante años. En sus torres colgó una pancarta libertaria y su interior se convirtió, por un tiempo, en baño improvisado.
Incluso el escritor George Orwell, que combatió en el bando republicano, escribió en Homenaje a Cataluña que “era uno de los edificios más feos del mundo” y que los anarquistas “habían tenido mal gusto al no destruirla”. Lo que Orwell no sabía era que su bando estaba perdiendo.

El 26 de enero de 1939, las tropas franquistas entraron en Barcelona. Dos días después se celebraba una misa en la Plaza Catalunya: simbólicamente, la Iglesia volvía al centro del poder. Con la victoria de Franco, el nuevo régimen instauró un modelo nacionalcatólico, en el que religión y Estado volvieron a fusionarse como en los tiempos del Antiguo Régimen.
Sin embargo, durante los primeros años de dictadura, las obras de la Sagrada Familia no se reanudaron. La posguerra fue un periodo de represión, pobreza, miedo y aislamiento internacional. Además, hay un detalle clave: como templo expiatorio, la Sagrada Familia no recibe fondos públicos. Su construcción depende exclusivamente de donaciones, y en una España empobrecida, la caridad era escasa.
Durante dos décadas, el templo permaneció congelado en el tiempo. Lo poco que se hizo fue trabajo de archivo: recoger fragmentos, recopilar fotografías, buscar testimonios. El arquitecto Francesc Quintana, discípulo de Gaudí, salvó varios trozos de maquetas de yeso durante el incendio. Estos fragmentos se convirtieron en piezas clave para reconstruir el diseño original.




Todo cambió a partir de los años 50. En plena Guerra Fría, la España de Franco, fuertemente anticomunista, empezó a normalizar sus relaciones con el exterior. La ONU levantó el veto diplomático, y se abrió una nueva etapa de crecimiento económico basada en el turismo masivo.
El “milagro económico” español (1959–1973) trajo millones de visitantes al país. Y Barcelona, con su clima, sus playas y su modernismo, fue una de las joyas más atractivas. En menos de dos décadas, España pasó de recibir 4 millones de turistas a más de 35 millones. Y con ellos, llegaron también los fondos que permitieron reactivar la Sagrada Familia.
La obra de Gaudí, que había sido despreciada por años en círculos académicos, comenzó a recibir reconocimiento internacional. En 1956 se fundaron la Cátedra Gaudí y la Asociación de Amigos de Gaudí. Un año después, el MoMA de Nueva York le dedicó una exposición. El primero en defender públicamente su obra fue, curiosamente, Salvador Dalí, quien la calificó de “el fenómeno más extraordinario del arte moderno”.
A pesar del auge turístico y el interés internacional, las obras de la Sagrada Familia no estuvieron exentas de polémicas. En 1965, un grupo de intelectuales —entre ellos Le Corbusier, Tàpies, Miró y Subirachs— firmaron un manifiesto en contra de la continuación de las obras. Argumentaban que, al faltar los planos originales, terminarla era una traición al espíritu del arquitecto.
Irónicamente, Subirachs acabaría siendo uno de los escultores más reconocidos del templo, a cargo de las figuras de la fachada de la Pasión. Y lo cierto es que Gaudí ya había previsto que su obra nunca sería terminada en vida. Para él, la Sagrada Familia era un proyecto intergeneracional, como las catedrales medievales. De hecho, dejó instrucciones para que las futuras generaciones pudieran adaptarla.
Y aquí entra el elemento clave de esta nueva etapa: la tecnología. A partir de los años 80, la informática comenzó a permitir cálculos y simulaciones que antes eran impensables. En el siglo XXI, el uso de software de modelado, drones, escáneres 3D e incluso ingeniería aeronáutica ha hecho posible materializar ideas que solo existían en la mente de Gaudí.

En noviembre de 2010, el papa Benedicto XVI consagró la Sagrada Familia. Por fin, más de 125 años después de su inicio, el templo estaba habilitado para el culto. Fue un momento histórico: el mundo pudo ver por primera vez su interior, un espacio que Gaudí había concebido como un bosque de piedra, con columnas que se ramifican como árboles y juegos de luz que emulan el paso del sol por un bosque.
Hoy, la Sagrada Familia es el monumento más visitado de España, con más de 4 millones de personas al año. Pero su historia aún no ha terminado. Falta por construir la fachada de la Gloria, que será la más monumental y servirá como acceso principal al templo. Gaudí dejó solo un boceto y algunas ideas generales: quería que fuera una representación del Juicio Final, el Cielo, el Infierno y la ascensión espiritual. Pero dejó claro que prefería que las futuras generaciones la interpretaran a su manera.
Gaudí soñó con una iglesia que no fuera producto de una generación, sino del esfuerzo colectivo de muchas. Y eso es, justamente, lo que hoy representa: la memoria de lo que fuimos, la creatividad de lo que somos, y la esperanza de lo que podríamos llegar a ser.






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