
Dónde comer en Barcelona: selección de una guía local
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Todavía hoy hay quien se sorprende al escuchar que en Barcelona existe una tradición flamenca centenaria. La imagen popular suele asociar el flamenco a Andalucía, pero lo cierto es que la Ciudad Condal ha sido, desde el siglo XIX, uno de los grandes escenarios de este arte en España. Aquí actuaron artistas legendarios, surgieron tablaos memorables y nació Carmen Amaya, la bailaora más universal.
Lejos de ser una expresión ajena, el flamenco forma parte del tejido cultural de Barcelona. Y si hoy sigue vivo es porque hay lugares que mantienen su esencia, recordando que esta ciudad también late al ritmo de guitarra y taconeo. En esta entrada repasamos esa historia —de los cafés cantantes del siglo XIX a los tablaos actuales— y al final te contamos cuál es nuestro favorito para disfrutar de flamenco en Barcelona.

El flamenco nació en el sur de España, fruto del mestizaje entre culturas andalusíes, judías, castellanas y gitanas que convivieron durante siglos en Andalucía. Su desarrollo fue especialmente intenso entre los siglos XVIII y XIX, cuando el pueblo gitano —a través del cante transmitido de generación en generación— aportó al género su particular sentido del ritmo, la improvisación y la emoción.
De las reuniones familiares y fiestas populares pasó a los cafés cantantes, espacios donde el flamenco se profesionalizó y empezó a tomar la forma que hoy conocemos. Surgieron figuras legendarias del cante y el baile, y los guitarristas comenzaron a tener un papel protagonista. Aquellos locales, que mezclaban espectáculo y sociabilidad, fueron decisivos para su expansión por toda la península. Pronto el flamenco salió de Andalucía y llegó a Madrid, Valencia y Barcelona, donde un público urbano e industrial lo acogió con entusiasmo.
A finales del siglo XIX, ya no había café cantante importante que no ofreciera espectáculos flamencos, y Barcelona —con su intensa vida nocturna, sus teatros del Paral·lel y su espíritu cosmopolita— se convirtió en un terreno fértil para este arte que unía técnica, improvisación y sentimiento.

El momento de esplendor llegó con la Exposición Internacional de 1929. En Montjuïc se levantó el Pueblo Español, un recinto que mostraba la arquitectura tradicional de todo el país. Allí, en sus patios y plazas andaluzas, el flamenco se convirtió en atracción para miles de visitantes.
Pero el verdadero corazón del arte latía en el Raval y el Paral·lel. Tablaos como el Villa Rosa, la Bodega Andaluza o El Charco de la Pava ofrecían cada noche espectáculos memorables. Por sus escenarios pasaron figuras como Manuel Vallejo, La Niña de los Peines o Pepe Marchena.
En esos años brilló una joven bailaora del barrio de Somorrostro: Carmen Amaya. De las barracas junto al mar saltó a los grandes teatros internacionales. Su estilo salvaje, su zapateado imposible y su energía arrolladora la convirtieron en leyenda. En 1929 bailó ante el rey Alfonso XIII y se ganó para siempre el título de “La Capitana”.
Barcelona fue también cuna de nuevos estilos. De aquí salió Antonio González “El Pescaílla”, marido de Lola Flores y creador de la rumba catalana, ese ritmo alegre que mezclaba el compás flamenco con el Mediterráneo.




La Barcelona de la Revolución Industrial era una ciudad abierta, ruidosa y cosmopolita. En sus barrios populares —especialmente en el Raval y la Barceloneta— convivían marineros, inmigrantes y artistas. Allí, en tabernas y cafés, empezó a sonar la guitarra flamenca. Desde mediados del siglo XIX se documentan actuaciones “de aires andaluces” en teatros de la ciudad. El gusto romántico por lo español y la fascinación por lo gitano atrajeron tanto a la burguesía como a los obreros. El Diario de Barcelona ya mencionaba la palabra “flamenco” en 1794, prueba de que este arte se conocía aquí desde muy temprano.
En los años 1880 proliferaron los cafés cantantes en la calle Conde del Asalto (hoy Nou de la Rambla), en el Paral·lel y en el entonces llamado Barrio Chino. En 1901 se contabilizaban más de 70 locales dedicados al cante y al baile. La escena barcelonesa competía con la de Madrid o Sevilla.
Artistas y público se mezclaban sin distinción: gitanos, marineros, burgueses, intelectuales. Santiago Rusiñol frecuentaba los tablaos y llegó a ser apodado “El Niño de la Rambla”. Incluso Picasso, durante su estancia en la ciudad, quedó fascinado por esos ambientes llenos de fuerza y emoción.
A comienzos del siglo XX, la inmigración andaluza y murciana reforzó aún más esta afición. Las crónicas aseguraban que “Barcelona era ya la segunda ciudad de Murcia”. Se decía, con humor, que la capital catalana había destronado a Andalucía como capital del flamenco.

Y aunque han pasado más de cien años desde aquellos cafés del Paral·lel, el espíritu flamenco sigue vivo en Barcelona. Hay lugares donde aún se puede sentir esa energía antigua, esa emoción directa que une al artista con el público. Uno de ellos está escondido en pleno centro histórico, bajo las bóvedas de piedra de un edificio del siglo XVIII: El Paraigua.
Este tablao flamenco ocupa el sótano de un antiguo café modernista, a pocos pasos de la Plaça de Sant Jaume. Su nombre —“El paraguas”— encaja bien con lo que ofrece: refugio frente al ruido exterior, un espacio íntimo donde el flamenco se vive de cerca, con una copa en la mano y el aire cargado de ritmo.
Allí actúan artistas locales y nacionales en un formato pequeño, auténtico, sin artificios. En una época en que los espectáculos suelen ser rápidos y multitudinarios, El Paraigua apuesta por la cercanía y la emoción.
Desde Entrespacios lo recomendamos precisamente por eso: porque rescata la esencia de aquellos cafés cantantes del siglo XIX, donde el flamenco era una experiencia compartida. Ver un espectáculo en El Paraigua no es solo asistir a un concierto, es revivir una parte de la historia cultural de Barcelona.

Como tantos espacios históricos, el flamenco en Barcelona ha cambiado de significado con el tiempo. Lo que en el siglo XIX fue modernidad y novedad, hoy es una tradición viva. La ciudad que vio nacer a Carmen Amaya y que inspiró a generaciones de artistas sigue encontrando nuevas formas de expresarse. En los tablaos, en los festivales o en rincones con alma como El Paraigua, este arte sigue respirando con fuerza.
Porque el flamenco aquí no es una reliquia ni una atracción turística más: es parte del pulso cultural de Barcelona. Una forma de entender la música, la emoción y la memoria colectiva.






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