Correfocs, castellers y gegants: historia de la Mercè de Barcelona
Cada septiembre, Barcelona celebra su fiesta mayor con gigantes y cabezudos, castells, correfocs, sardanas y cientos de actividades repartidas por toda la ciudad. Pero la Mercè no ha sido siempre así. La devoción por la Virgen se remonta a la Edad Media, mientras que la fiesta mayor comenzó a organizarse en el siglo XIX y volvió a transformarse por completo con la llegada de la democracia.
Muchas de las tradiciones que hoy asociamos con la Mercè tienen, además, historias propias: algunas nacieron en las procesiones medievales, otras surgieron de bailes populares y alguna, como el correfoc, es bastante más reciente de lo que podríamos imaginar.
En esta nueva entrada del blog te explicamos todos los detalles que debes conocer para entender la fiesta mayor de Barcelona.
Una virgen que rescataba cautivos
Según la tradición, la noche del 24 de septiembre de 1218 la Virgen se apareció simultáneamente al rey Jaume I, a san Pere Nolasc y a san Ramon de Penyafort. Les pidió que fundaran una orden dedicada a rescatar a los cristianos cautivos en tierras musulmanas. Así nació la Orden de la Mercè.
En el mismo nombre se explica su misión. En catalán, mercè significa merced, misericordia o compasión, y la Virgen quedó vinculada a los cautivos y, posteriormente, al mundo penitenciario.
Pero la relación de la Virgen con Barcelona fue más allá de la orden y de su misión original. Con el tiempo, su devoción adquirió también un significado para la ciudad y acabó convirtiéndose en una cuestión de patronazgo.
En 1687, una enorme plaga de langostas afectó los campos catalanes y la ciudad se encomendó a la Virgen. Cuando la plaga remitió, el Consell de Cent cumplió el voto realizado y la nombró patrona. El reconocimiento oficial de Roma llegó en 1868, cuando el papa Pío IX confirmó este patronazgo.
Desde entonces, la Mercè comparte el título con Santa Eulàlia, la antigua patrona de Barcelona. De ahí viene una de esas historias que forman parte del imaginario popular de la ciudad: cuando llueve durante la Mercè, se dice que son las lágrimas de Santa Eulàlia, celosa de su rival.
De la misa a la calle: el nacimiento de la fiesta
La devoción por la Mercè es medieval, pero la fiesta mayor de Barcelona es bastante más reciente.
Fue a finales del siglo XIX cuando el Ayuntamiento empezó a organizar una celebración que fuera más allá de los actos religiosos. La primera gran celebración organizada por el Ayuntamiento tuvo lugar en 1871, aprovechando la visita anunciada del rey Amadeo de Saboya. Durante varios días hubo carreras de caballos y velocípedos, competiciones de natación en el puerto, fuegos artificiales y también sardanas, gigantes y castells en la plaza de Sant Jaume.
La celebración fue tomando forma durante las décadas siguientes y 1902 marcó otro momento importante. Aquel año se organizó un programa mucho más ambicioso, con gigantes y bestiario procedentes de diferentes lugares de Cataluña, un concurso de castells y el conocido concurso de calles engalanadas. La Mercè empezaba así a incorporar la cultura popular como una parte importante de la fiesta.
Durante el franquismo, la celebración fue instrumentalizada políticamente y se reforzó su vertiente religiosa. Pero fue con la llegada de la democracia cuando el Ayuntamiento impulsó una nueva transformación basada en la recuperación de la cultura popular y en la idea de devolver las calles a la ciudadanía como espacios de celebración.
A pesar de todos los cambios que ha tenido, elementos como los gigantes, los castells, los correfocs y las sardanas siguen siendo algunas de sus principales señas de identidad. Por eso, vamos a conocer de dónde vienen y qué significan.
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Los gigantes: de Goliat a la identidad de barrio
Los gegants que recorren Barcelona durante la Mercè tienen un origen muy anterior a la propia fiesta. Proceden de las procesiones del Corpus Christi, donde desde la Edad Media se utilizaban figuras y representaciones para acompañar las celebraciones religiosas.
La primera referencia documentada a un gigante en Barcelona aparece en 1424, en el Llibre de les Solemnitats. Aquel año desfiló una figura identificada como Goliat: Lo rey David ab lo Giguant. Junto a los gigantes también aparecía un amplio repertorio de figuras, como el Bou, la Mulassa, la Àliga o la Tarasca.
Esta mezcla de religión y espectáculo acabó chocando con las ideas de la Ilustración. En 1780, Carlos III prohibió la presencia de gigantes, tarascas y determinadas danzas consideradas profanas en las procesiones. En muchos lugares, estas figuras desaparecieron o entraron en decadencia.
Barcelona consiguió conservarlas trasladándolas poco a poco hacia el ámbito civil y festivo. Durante el siglo XIX, los gigantes empezaron a convertirse también en símbolos de identidad local y, con el tiempo, de los propios barrios.
Los actuales Gegants de la Ciutat representan al rey Jaume I y a Violant d’Hongria, aunque esta identificación no se estableció hasta 1985. Junto a ellos encontramos los capgrossos y la Àliga de la Ciutat, una de las figuras más solemnes del bestiario barcelonés, documentada desde el siglo XIV.
Durante la Mercè, la Passejada de Gegants y la Cercavila de Cultura Popular permiten ver estas figuras recorriendo las calles del centro. Lo que comenzó como parte de las procesiones medievales se ha convertido hoy en una tradición con una importante participación vecinal.
Los castells: el arte de construir torres humanas
Los castells también tienen una historia más antigua que la Mercè. Su origen está relacionado con el Ball de Valencians, una tradición vinculada a las muixerangues valencianas que se extendió por el Camp de Tarragona, el Penedès y el Garraf a finales del siglo XVIII.
La torre humana que cerraba el baile fue ganando protagonismo hasta convertirse en una actividad independiente. La primera actuación castellera documentada tuvo lugar en Valls en 1791.
Un castell se construye por niveles. La pinya forma la base y ayuda a repartir el peso y amortiguar posibles caídas. En las construcciones más altas pueden añadirse estructuras de refuerzo, como el folre y las manilles. Sobre esta base se levanta el tronc y, en la parte superior, el pom de dalt, donde se encuentran los dosos, el aixecador y el enxaneta. Este último llega hasta arriba y hace la aleta, señal de que el castell ha sido cargado.
Después de una etapa de esplendor en el siglo XIX, los castells entraron en decadencia y comenzaron a recuperarse durante los años sesenta y setenta. En Barcelona, los Castellers de Barcelona, fundados en 1969, fueron la primera colla nacida fuera del territorio tradicional de los castells.
La incorporación de mujeres y niños también transformó la técnica y permitió desarrollar construcciones más altas y complejas. En 2010, la UNESCO incluyó los castells en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
En Barcelona, una de las grandes citas es la Diada Castellera de la Mercè, en la plaza de Sant Jaume. Allí, el 25 de septiembre de 2016, los Minyons de Terrassa descargaron un 3 de 10 amb folre i manilles, el primer castell de diez pisos levantado en Barcelona.
El correfoc: cuando el público baila bajo el fuego
El correfoc es mucho más reciente. Su forma actual nació en la Mercè de 1979, precisamente durante la transformación de la fiesta que impulsó el Ayuntamiento democrático.
Aquel año se organizó una concentración de bestias de fuego procedentes de diferentes lugares de Cataluña, acompañadas por diablos creados por Comediants y por dos balls de diables tradicionales, de l’Arboç y Vilanova. La cercavila salió de la plaza de Sant Jaume, recorrió la Rambla y terminó en la plaza de Catalunya.
Durante el recorrido, el público comenzó a bailar bajo las chispas. De aquella participación espontánea surgió el nombre de correfoc, que ya apareció en el programa oficial de la Mercè de 1980.
La tradición, sin embargo, tiene raíces mucho más antiguas. Los balls de diables proceden de representaciones medievales relacionadas con la lucha simbólica entre el bien y el mal y fueron incorporando progresivamente la pólvora.
Hoy diablos y bestias como la Drac, la Víbria o el Bou de Foc recorren las calles utilizando carretilles pirotécnicas. Como existe un riesgo real, hay normas de seguridad específicas: se recomienda llevar ropa de algodón, manga y pantalón largos, calzado cerrado y protección para los oídos. Y hay una regla importante: no se debe lanzar agua a los participantes, porque mojar la pólvora puede provocar reacciones imprevisibles.
La sardana: una tradición más moderna de lo que parece
La sardana también tiene una historia más reciente de lo que solemos imaginar. Aunque el término aparece documentado desde el siglo XVI, la sardana llarga, tal como la conocemos hoy, se desarrolló principalmente durante el siglo XIX, especialmente a partir de las reformas realizadas en el Empordà entre 1840 y 1850.
Uno de sus principales protagonistas fue Josep Maria Ventura i Casas, conocido como Pep Ventura, que contribuyó a popularizar la cobla y la utilización de la tenora. Pero la transformación de la sardana fue un proceso colectivo en el que participaron diferentes músicos y bailarines, entre ellos Miquel Pardas, autor de uno de los primeros métodos para aprender a bailar sardanas largas.
La danza se realiza en círculo y sigue una estructura precisa de pasos cortos y largos que los participantes tienen que contar para coordinarse con la música. La cobla, por su parte, combina instrumentos como el flabiol, el tamborí, los tibles, las tenores, las trompetas, el trombón, los fiscornos y el contrabajo.
Durante el siglo XX, la sardana adquirió también una fuerte dimensión política. El catalanismo la convirtió en uno de sus símbolos culturales y, durante la dictadura de Primo de Rivera, se prohibió en Barcelona La Santa Espina. Durante el franquismo, las entidades sardanistas sufrieron restricciones, aunque la danza podía tolerarse como folclore regional. Los aplecs se convirtieron así en espacios donde también podía mantenerse la identidad cultural catalana.
Actualmente, uno de sus principales retos es el relevo generacional. Aun así, la sardana continúa formando parte de la Mercè y cada septiembre vuelve a sonar ante la catedral.